La despertó el aguijón en la sien, ese día lo sintió más profundo que todos los días. A tientas halló sus gafas oscuras. Se levantó. Sentía la lengua seca, pegada al paladar, y los músculos de la espalda rígidos. Mantenía el pequeño apartamento con las cortinas cerradas y las paredes forradas con bandejas de huevos, parecía una cueva. En el camino hacia la cocina, en busca de café, esquivó juguetes, platos, vasos, ropa, biberones. Maldita sea, también tenía prohibido el café. Observó el lavaplatos repleto de trastos sucios, la estufa con pegotes de leche y las ollas quemadas. Qué más daba: sirvió una taza. La montaña de pañales desechables desbordaba la caneca de la basura en el rincón de la cocina. El hedor a heces y a orines fermentados invadía cada rincón. Cómo si fuera poco, ese olor a guiso entre su pelo enmarañado.
Un rayo de luz se coló a través de la pequeña ventana y se le clavó como una espada en las pupilas, apoderándose de su cráneo. Se agarró la cabeza lanzando un alarido. No pudo detener la cascada de vómito que se sumó a la de lágrimas y mocos. Pisando el charco de fluidos, sacudida por un temblor incontrolable, se agarró del mesón. Abrió el cajón de los cuchillos. En ese momento, el llanto de su bebé le atravesó los tímpanos. Sus senos se endurecieron, sintió el corrientazo y la leche comenzó a brotar.
Por Adriana Rubio
“Buceadora del alma humana”
Imagen: ChatGPT
ABISMO

