Ana María estaba dichosa. Toda la familia se reuniría para celebrar el noveno cumpleaños de Andresito, a quien iban a administrar el sagrado sacramento de la Confirmación. Era un gran acontecimiento para esa familia, con una sólida tradición católica, fervorosa, creyente y practicante. El obispo vendría a la casa a hacer la imposición de las manos y a aplicar los oleos sagrados. La inquietaba, sin embargo, la presencia de su primo, el padre Francisco, con quien ya había tenido un desagradable encuentro la noche anterior. El sacerdote había venido desde Roma y sería el maestro de ceremonias del obispo.

Mario, su esposo, se había encargado de organizar el banquete, las bebidas y la música, y ella se hizo cargo del arreglo y decoración de la casa y los jardines. Estaba empeñada en lucirse frente a todos los invitados, ya que, además de sus amigos y familiares, asistiría a la ceremonia lo más encopetado de la élite capitalina.

Francisco los había visitado la noche anterior para saludarlos y conocer a Andresito. Hacía algo más de nueve años había viajado a una importante comisión de la curia en Roma, donde se había posicionado en la burocracia vaticana y gozaba del aprecio del círculo que rodeaba al Santo Padre. Era un hombre muy culto y refinado.

Para Ana María, la visita era bastante incomoda, ya que la relación entre Francisco y Mario siempre había sido fría y distante. Esa frialdad estuvo presente durante la visita; no lograron hilvanar una conversación animada, a pesar de los esfuerzos de Francisco de narrarles apartes de su vida en El Vaticano y de Ana María de recordar anécdotas familiares de su adolescencia. Mario se disculpó y se retiró a su cuarto, argumentando cansancio y preocupación por el día tan agitado que tendrían.

Francisco se levantó de su silla, se acercó a Ana María, le tomó la mano y le dijo:

—Hace rato que quería hablar contigo. Quiero decirte que me tuve que ir a la comisión a Roma y no tuve cara para despedirme de ti. De verdad, lo siento mucho. Espero que puedas perdonarme.
—¿Perdonarte después de tantos años?
—Ojalá lo hicieras… ya no hay nada que hacer… te veo muy feliz con Mario.
—Parece que se te olvidó que yo mantenía a raya a Mario y no le daba ni la hora; en cambio, me entregaba a ti con todo mi amor y te fuiste para Roma; me abandonaste en forma miserable, como si mi amor no te importara nada.
—No podía hacer otra cosa; me sentía acosado contigo y, al final, mi vocación me llevó a Roma. Además, eras la novia de Mario y nosotros somos primos, sé razonable. De haber seguido con nuestra relación, hubiera tenido que renunciar a vestir los hábitos, hubiéramos sido apartados de la familia y estaríamos arruinados. Hoy todos somos felices.
—¿Tu vocación? ¡que risa! La tenías muy presente cada vez que nos encontrábamos y los dos sabíamos donde la tenías. ¡Que descaro! Cuando te fuiste, no tuve más remedio que casarme con Mario sin amarlo; de hecho, nunca lo he querido y, si tú eres feliz, yo no lo soy.
—¡Cálmate! Mañana es la confirmación de tu hijo y yo me regreso a Roma; sigamos viviendo tranquilos y quedémonos con los recuerdos hermosos de nuestra juventud.
—Solo espero que pase la ceremonia y te largues rápido.

A pesar de su insistencia, Ana María no había podido imponerse ante su madre para que el cura no viniera a la confirmación. Salió de la sala temblando; había contenido su ira durante nueve años. Desde que se supo del viaje de Francisco a Roma, él dejó de contestar sus llamadas, no volvió a visitarla y desapareció sin despedirse. Poco después, ella se casó con Mario en un matrimonio de conveniencia que había mantenido la careta de felicidad durante todos esos años.

Se retiró a su cuarto, Mario y ella dormían en cuartos separados; al interior de la familia se sabía que Mario trabajaba hasta altas horas de la noche y, para que Ana María pudiera descansar, él se sacrificaba durmiendo en otro cuarto. Se puso el piyama, se aseó, se cepilló el cabello, se aplicó alguna crema en el rostro y gritó. Fue un grito controlado, pero estaba excitadísima; sobre el lavamanos estaba el necessaire encofrado de madera de teca y con incrustaciones doradas, que su padre le había regalado cuando era una niña, «¿Qué hace aquí? ¿Quién lo encontró y lo sacó del puesto?». Con manos trémulas, sacó la llave y examinó el contenido; un sudor frío le recorrió la espalda y las piernas casi dejan de sostenerla: su diario había desaparecido.

Había iniciado la escritura del diario cuando tuvo las primeras sensaciones amorosas en la preadolescencia y le parecía romántico escribir sus pensamientos y los detalles de las conversaciones con sus enamorados. Con el paso de los años se atrevió a escribir sus experiencias íntimas, los primeros toques, caricias, y exploraciones y continuó registrando sus amores y sus experiencias sexuales. Dejó de hacerlo cuando se casó y guardó el cuadernillo celosamente. Lo que más la preocupaba era que ¡los amores con su primo estaban registrados con todo detalle!

«¿Quién lo encontró? Tiene que ser el abusivo de Mario. Mañana averiguaré. Nadie conocía la existencia del diario, ni la ubicación del necessaire en el doble fondo del cajón de mis interiores, ni el sitio de la llave secreta en las cajitas de los anillos y pendientes donde la llave pasaba desapercibida», pensaba obsesivamente.

No durmió, pensando en cómo encontrarlo y así evitar que su contenido se hiciera público y causara un daño familiar demasiado grave.

En la mañana entró a la cocina y, con terror, se dio cuenta de que en la mesa de los desayunos informales estaba Mario leyendo el diario.

—Josefina, salga, hágame el favor y nos deja solos —dijo ella.
—Mario, ¿no te da vergüenza? eso es privado ¡indelicado! ¿con qué derecho te metiste en mi closet? ¡abusivo, patán!
—Un momento, el libro estaba acá en mi puesto.
—Puede que estuviera ahí, pero es un documento muy personal, ¿no te diste cuenta de que era mi diario?
—Tienes razón, fue indelicado de mi parte; me dio curiosidad y me entretuve con las ternuras de tu adolescencia… lo iba a dejar tranquilo, cuando leí una página no tan tierna y me fui directo a las fechas cuando éramos novios; no sé quién es más sinvergüenza, si el curita o tú. Ahora entiendo por qué me caía tan mal, me parecía que te miraba con ojos de fauno y lo peor era que le correspondías. Y yo ¡tan pendejo! Con toda esa evidencia no la creía, me tragaba todo y seguía confiando en ti.
— ¡Dame acá mi diario, voyerista!
—Tómalo, cualquier cosa que me digas me tiene sin cuidado, mañana me voy de la casa y arreglamos papeles.
—Pero no está completo, faltan dos hojas.
—De eso no sé nada.

Ana María pasó la mañana escudriñando a todos los habitantes de la casa para ver si detectaba miradas sospechosas, ojos que la evitaran, indicios del culpable, pero nada. ¡Tenía que recuperar esas dos hojas!

Al medio día, los invitados se reunieron en el jardín central, donde se había acomodado una carpa, asientos, altar y todo lo necesario para oficiar una misa. El obispo explicó que la liturgia sería breve y le dio instrucciones a Andresito, a Mario y al padrino.

Cuando llegó el momento de la confirmación, Francisco, como maestro de ceremonias, presentó al confirmado, el obispo levantó sus manos sobre la cabeza de Andresito, mientras pedía a Dios los dones del Espíritu Santo; luego le impuso el óleo sagrado, con una señal de la cruz sobre la frente.

Terminada la liturgia, todos pasaron a la mesa, se celebró el brindis y los meseros empezaron a pasar los platos. En la mesa principal estaban Mario, Andresito, Ana María, el obispo, Francisco y el padrino. Mario no le dirigía la palabra a Francisco. Ana María estaba muy preocupada observando a los invitados para tratar de obtener algún indicio sobre las hojas perdidas, y le respondía con monosílabos al obispo. Era la mesa más aburrida del banquete, pero también donde más se ingería licor: Mario, Francisco y Ana María no dejaban pasar bandeja sin tomar una copa. En el resto de las mesas la conversación fluía, había alegría, risas. No era para menos: la fiesta religiosa que se celebraba era un hito social de primer nivel.

A las cuatro de la tarde, los músicos se instalaron y empezaron a interpretar música suave para ir calentando instrumentos y voces; cuando empezó la música bailable, se escucharon aplausos y la fiesta cobró más animación. Ana María, quien en su juventud había sido muy parrandera, se levantó y pidió la música de su agrado a la orquesta; luego invitó a bailar a Mario; él con el ceño fruncido y un gesto de desdén, rechazó la invitación. Entonces, invitó a Francisco; éste intentó negarse, pero Ana María, bastante achispada, lo convenció con algo así como «es la confirmación de tu primo».

Desde el inicio del baile, ella trató de acercar su cuerpo al del cura; él intentó mantener la distancia, pero el contacto cercano, los efectos del licor y la memoria de eros vencieron cualquier resistencia. Sus mejillas se rozaron y sus cuerpos se acercaron hasta unirse en un acople perfecto de movimientos sensuales de caderas y piernas. Francisco no pudo evitar la atracción que su prima ejercía en él, y el baile se tornó cada vez más atrevido y voluptuoso.

Desde muchas mesas los observaban y los comentarios al oído del vecino hicieron furor. La familia estaba abochornada; en las mesas se armó una fuerte discusión por la escena que daban los dos primos, ella casada con otro hombre y él un célibe sacerdotal. Era una vergüenza total.

El padre de Ana María se levantó e increpó fuertemente a Mario, exigiéndole que hiciera respetar el acto.

La música cesó, Mario se levantó y se dirigió a la pareja, le dio un empellón al cura y gritó:

—Desvergonzados, respeten, sobre todo respeten a Andrés, ¡carajo! ¿están locos? ¿tienen que exhibirse acá? Háganlo cuando estén solos, pero no delante de todos, aquí hay niños. Andrés, entremos en la casa.

Andresito le contestó:

—Tranquilo papi, no es para tanto, lo leí en un libro de mi mami y con lo que dijo el obispo sobre los dones del Espíritu Santo, comprendí perfectamente: el primo Francisco es mi padre y tu eres mi padre putativo; algo así como El Espíritu Santo, José y María.

Alfonso Salgado Triviño
Escritor, lector e ingeniero

LA CONFIRMACIÓN DE ANDRÉS