Zorro se arrastraba sigilosamente; los cazadores perseguían una manada de caballos, los habían rodeado cuidando cada paso y cada movimiento; la manada abrevaba en un lago, en cada flanco los cazadores acechaban tras la vegetación; el grupo de Zorro vigilaba la retaguardia; el abrevadero cerraba el cerco. Estaban listos para entrar en acción: los cazadores arremeterían gritando y blandiendo sus lanzas, los caballos buscarían una salida y serían forzados a correr hacia un foso. Allí serían rematados a lanzazos.

Súbitamente, sin acción de los cazadores, los caballos iniciaron una estampida y se dispersaron, los hombres no pudieron reaccionar. Zorro observó el desastre, todo era caos y confusión, los caballos corrían desbocados; de pronto, sintió que los vellos de la nuca se erizaron y una sensación de peligro se hizo patente en su estómago. Miró hacia atrás, las espigas se separaban a gran velocidad, el movimiento iba directo hacia él. Por el tamaño de la brecha y la velocidad del desplazamiento, supo que era un animal grande. Arrancó a correr, era un tigre negro que ya saltaba hacia él y rugía aterradoramente. Se enredó con una raíz y cayó mirando al atacante, puso el extremo del cabo de su lanza contra el suelo e hizo acopio de toda su fuerza. El animal venía en vuelo, sus ojos fijos en el cuello y sus colmillos listos para destrozarlo, la lanza se rompió cuando el tigre se ensartó. Zorro sintió un dolor muy fuerte en el brazo; el tigre alcanzó su pecho con uno de sus zarpazos, vio sus ojos, sus colmillos, su furia y su dolor, el tigre cayó sobre él, se sintió ahogado por el peso y se desmayó.

La caverna estaba llena de humo, Caribú quemaba yerbas narcotizantes y se comunicaba con los espíritus, pedía protección y curación. Zorro miró hacia el techo y reconoció las pinturas: caballos, mamuts, bisontes, ciervos y otros animales; él había pintado algunas. Estaba adormecido y confundido, y sentía un dolor muy fuerte en el pecho y en el brazo derecho. Caribú danzaba a su alrededor, agitaba sus sonajeros y cantaba. Su visión se oscureció y se durmió.

Zorro despertó, su cabeza estallaba con cada latido del corazón y con los sonidos de los ritos de Caribú. Dos sombras emergieron de entre la nube de humo, flotaban y se acercaban; eran Lobo y Ciervo, ambos vivían con los espíritus; Lobo afirmó: “hijo tienes mano de cazador, cobrarás una gran pieza”; Ciervo agregó: “tienes la mano y la mirada del pintor, le darás vida a un noble animal, aprendiste bien”. Se sintió débil y se durmió de nuevo.

Caribú permanecía al lado de Zorro día y noche. Los cazadores que lo trajeron creían que moriría. La sangre brotaba del pecho y su brazo tenía tres fracturas. Detuvo la hemorragia con un emplasto de hierbas. Lo sedó con adormidera, manipuló su brazo, puso los huesos en posición y encajó las articulaciones, lo entablilló con ramas y las amarró con tiras de piel seca.

Lavaba la herida tres veces al día con aguas curativas y la olía para comprobar su estado. Si los malos espíritus entraban en su pecho, moriría. Le daba a beber adormidera y amapola. Además de sus conocimientos curativos, Caribú rogaba a los espíritus sanadores.

Doce días después del ataque, el cazador despertó, estaba débil, pero revivió todo, vio al tigre y sus ojos de predador, su ira, su dentellada feroz, su sorpresa, su dolor, le pareció ver tristeza en sus ojos, sintió pena por él y lloró amargamente por haberle causado tanto dolor. Después de llorar se alivió. Caribú le dijo: “los espíritus decidieron que tú vivas, tu espíritu y el del tigre son uno solo, él te protegerá y tú lo honrarás por el resto de tu vida. Ahora te llamas Tigre”.

Durante su recuperación Tigre recordó las palabras de su padre y las de su maestro: “el pintor maneja el pincel con la destreza del cazador, su mirada penetra como un dardo en los animales que pinta, su mano no tiembla al empuñar el pincel, porque si la mano tiembla o el ojo vacila, no capta la esencia del animal, no cobra la pieza, pero mientras la puntería del cazador lo mata, la puntería del pintor le da la vida.”

Tigre subió al andamio con sus pinceles, colorantes, una vela de grasa de tuétano y empezó a pintar. Su memoria, algunas dosis de amapola y su mano firme hicieron el resto: la fiereza del tigre, sus colmillos, su nobleza y su dolor quedaron plasmados en la caverna.

Al contemplarlo, se sintió liberado: le había dado vida al tigre y sus espíritus estaban unidos.

Alfonso Salgado T.
Ingeniero, lector y escritor

EL ARTISTA DE ALTAMIRA

Después de Altamira,
todo es decadencia.
Pablo Picasso