El joven caminaba con determinación, estaba decidido a vencer su pusilanimidad, confrontar a su novia y decirle que la había visto abrazándose con un desconocido en la puerta de su casa. A pesar de su desilusión quería perdonarla y seguir adelante con su relación. Ella era el amor de su vida.

Lloviznaba y la oscuridad se tragaba la última claridad de la tarde, vestía su único traje negro, abrillantado por el uso. La llovizna resbalaba sobre su chaqueta como si no la tocara. Su cara tenía un rictus de angustia y sus ojos una tristeza infinita, la piel de su rostro lucía grisosa y apergaminada, y las arrugas de su frente lo avejentaban a pesar de su juventud. Caminaba rápido, no se fijaba en ninguno de los ocasionales caminantes con los que se cruzaba y ellos tampoco lo notaban.

Sus pensamientos volaban entre su novia de quien estaba perdidamente enamorado, y la tristeza por lo que había visto; por suerte ellos no lo vieron, no supo que hacer, no tuvo el coraje de hacerse valer; sus ojos se llenaron de lágrimas, aceleró y pasó de largo frente a ellos. Alcanzó a escuchar palabras cálidas y cariñosas en ese abrazo.

Ella le había dicho que ese día no iba a estar en su casa y que por la noche tampoco podía recibirlo. Había pasado toda la tarde escribiendo en su pieza. Cuando pensaba en ella y en la luz que de ella emanaba, su corazón y su cabeza se conectaban con su pluma y plasmaba flores, aves, paisajes y felicidad en sus versos de amor. Veía sus ojos claros, su piel blanca, su juventud, sentía su alegría y escuchaba su risa cantarina. Estaba feliz con el poema que había terminado. Se lo leería al día siguiente.

Maldecía la hora en que se le ocurrió salir de su casa y que sus pasos lo hubieran llevado hacia la casa de su amada. Varias alternativas habrían evitado su dolor: que hubiera tomado otra ruta o que hubiera pasado quince minutos más tarde o más temprano. No los habría visto, estaría feliz y no sentiría el dolor que lo consumía.

En el bolsillo de su chaqueta llevaba la cuartilla con el poema más dulce que había escrito para su amada y un pequeño frasco café oscuro, que estaba vacío. Tenía un regusto amargo en su boca y mucha sed, tomaría agua cuando regresara a su casa.

Llegó frente a la casa de su novia, había luz en la sala y a través del velo de la ventana le pareció verla en compañía de un niño.

Un hombre venía por el andén hacia él, se detuvo ante la puerta de la casa e introdujo la llave. Dos cosas le llamaron la atención: el desconocido no lo interpeló a pesar de estar a menos de cinco metros de distancia y en actitud fisgona mirando por la ventana, era como si no lo hubiera visto; por otra parte, sus rasgos le eran familiares, como si lo hubiera visto en otra parte.

Cuando el cerrojo y la hoja de la puerta produjeron los sonidos metálicos de la apertura, el poeta escuchó la voz de su amada que dijo en voz alta: “qué bueno que llegaste, el niño tiene mucho sueño y quiere abrazar a su papá antes de acostarse”.

Su novia salió a la puerta y abrazó al desconocido, el joven poeta vio su rostro sobre el hombro del que había llegado. ¿Qué le había pasado? había entrado en años, eran sus rasgos, su boca, la blancura de su rostro resaltaba en medio de su cabellera gris perla y sus ojos claros ya no eran alegres, pero estaba seguro de que era ella.

El joven levantó la mano porque esta vez iba a hablar con ella, tenían que aclarar las cosas y quería leerle el poema; ella miró a ambos lados de la calle y el creyó que sus ojos se habían encontrado, sintió que su mirada clara lo atravesaba, él le sonrió.

Ella dijo: “la calle está sola, que frio tan intenso, me da miedo; me recuerda el helaje que sentí durante el velorio de tu papá; mis tías decían que era el hielo del alma del suicida. Hijo te tengo sopita caliente” y cerró la puerta.

Los ojos del joven poeta se aguaron y siguió de largo otra vez.

Alfonso Salgado Triviño
Ingeniero, lector y escritor

EL AMOR DE SU VIDA