La vegetación seca me alimenta, el viento me impulsa y me aviva. Crezco. Avanzo a gran velocidad. Veo el páramo, el daño será enorme.

Los animales que huyen chillan con desespero; los insectos, gusanos y lombrices que no pueden huir lloran sin esperanza; los vegetales susurran aterrorizados, están condenados a perecer y morirán encadenados a la tierra.

Un grupo de campesinos organizó una quema para preparar un terreno para la nueva siembra. Mi poder rebasó sus pobres medidas de precaución.

El viento empujó una chispa desde la quema planeada y esta voló, voló y se posó sobre un potrero reseco. El potrero se inflamó de inmediato y otra ráfaga me impulsó. Crecí, crecí y comencé mi camino de destrucción.

Muchos hombres trabajan para extinguirme, están tiznados, no pueden respirar, el humo y el calor los sofoca, tosen; escucho sus gritos, las órdenes son caóticas, su voz es de angustia, miedo, impotencia. Mientras ellos luchan contra el desorden yo prosigo mi carrera.

Mi centro es de color naranja intenso y la temperatura ronda los 1000 grados; soy un infierno.

Llega la noche, mientras yo continuo mi avance, el cansancio obliga a suspender los trabajos. La sequía y el viento me alimentan, me impulsan y el daño sigue creciendo.

Sigo escuchando las voces aterradas de los animales que tratan de huir y los susurros escalofriantes de los vegetales, que no pueden hacerlo.

A pesar del daño causado, no puedo detenerme, ni me puedo extinguir. El dolor de las víctimas no me produce compasión ni empatía y tampoco conozco los sentimientos de culpa.

Amanece, se reinician los trabajos; hay humedad en el ambiente, el firmamento está poblado de nubes negras y grandes.

Si las aguas se precipitan y ayudan a los hombres mi carrera puede terminar hoy.

Los vientos pueden barrer las nubes y alejarlas de mi camino, si esto ocurre la tragedia y mi camino continuarán.

Alfonso Salgado Triviño
Ingeniero, lector, escritor

ABRASADOS