Ahmad corría lo más rápido que podía, el terreno era irregular, pedregoso y poblado de escombros. Sus pies habían olvidado el uso de zapatos y estaban adaptados al tipo de terreno. Los demás corredores lo sobrepasaban y no reparaban en el niño de cabello negro ensortijado, que llevaba a cuestas a una niña menor que él y que tenía el cabello algo más claro. Ahmad se sentía impotente y cada vez más frustrado, pero seguía corriendo.
La niña se llamaba Salwa, a veces dormía con su cabeza sobre la de Ahmad, a veces despertaba y lloraba, sus ojos estaban rojos e hinchados no solo por el llanto continuo, sino también por el polvo que se levantaba en el camino al paso de los corredores.
Ahmad no tenía más de nueve años y ponía gran determinación en su carrera, miraba al frente y en medio del polvo veía el tumulto a lo lejos que crecía y crecía. Tenía que llegar a tiempo. Su hermana Salwa lloraba con un tono continuo; quizá lloraba de hambre o porque no entendía todo ese caos en el camino, o porque no sabía dónde estaban mamá ni sus otros hermanos, o simplemente lloraba por cansancio.
Ahmad gritaba y ese grito se convertía en llanto de rabia, impotencia y desesperación. Observaba que cada vez más gente llegaba al objetivo, y pensaba: ─no voy a recibir nada, nadie se fija en nosotros, nadie nos ayuda─.
Cinco días atrás Ahmad y sus dos hermanos jugaban al lado de su carpa en el campo de refugiados. Acababan de comer algo de arroz que su tío había conseguido. A pesar de lo precario de la situación, la madre de los niños había cocinado y ahora arrullaba a Salwa, la menor de sus hijos, tratando de que durmiera.
El sol se ocultaba y el frio se adueñaba del campo, todos se refugiaban bajo las improvisadas carpas y se agrupaban para obtener algo de calor.
Ahmad vio pasar a su amigo Kamal y corrió tras él. Su madre le dijo que regresara pronto.
Escucharon el zumbido, el siseo terrorífico que aumentaba de intensidad; el tío gritó: ¡al piso!
La explosión los abrazó, elevó a Ahmad y luego lo lanzó con violencia contra el piso. La nube de polvo era espesa, un hongo gris cubrió el campamento. El niño aturdido abrió los ojos, se los restregó con sus manos sucias, estaban cubiertos de polvo lo mismo que su boca. No podía producir sonido, tosió, y llamó a su mamá con todas sus fuerzas, pero no escuchó nada. Sus oídos le dolían y estaban saturados de un sonido de pito que no cesaba.
Se levantó y miró alrededor, ya no reconoció el sitio donde minutos antes toda su familia trataba de darse cobijo. Deambuló, vio varios hombres con los cabellos y el bigote cubiertos de polvo, que gritaban y llamaban a sus familiares, señoras que alzaban sus manos al cielo, lloraban y clamaban por ayuda, también vio los cuerpos destrozados de muchos refugiados. Con desespero gritaba los nombres de su mamá, sus hermanos y su tío. No recibió respuesta. Ya no sabía dónde había estado ubicada su carpa, el polvo se asentó poco a poco y mientras deambulaba descubrió los cuerpos destrozados de sus dos hermanos; los reconoció por los jirones de ropa que los medio cubrían. No vio rastros de su tío. Reconoció a su madre, estaba boca abajo cubierta por su túnica negra empapada de sangre. Intentó darle vuelta, pero no pudo. Una manita asomó a la altura del cuello de su madre y escuchó los gemidos de Salwa que estaba atrapada bajo su cadáver. Luchó frenéticamente hasta que logró mover a su madre y Salwa asomó su cabecita y pudo respirar. Siguió empujando el cuerpo de su madre y logró liberar a Salwa. Se abrazaron y lloraron hasta que el sueño los venció.
Caminaron tres días con los sobrevivientes que iban hacia el siguiente refugio seguro. En las noches algún grupo los acogía y recibían algo de comida; al día siguiente continuaban su marcha.
Al cuarto día después del asesinato de su familia, escucharon un rumor que se convirtió en gritos: ¡comida! ¡comida! Todos señalaban hacia adelante donde pronto se inició la aglomeración alrededor de un tráiler sobre el que cuatro voluntarios repartían alimentos; la gente corría con desespero para llegar al tráiler antes que se acabaran las provisiones.
Ahmad corría con su hermanita a cuestas y veía con desesperación como era superado por todos los demás.
Al cabo de unos minutos llegó a la periferia del tumulto de desplazados que intentaban llegar al tráiler. Los voluntarios intentaban poner orden, pero la angustia y necesidad de la multitud desbordó todo intento de organización. Los voluntarios optaron por entregar los paquetes a quienes lograban acercarse.
Ahmad dejó a Salwa sentada a un par de metros del tumulto, le prometió volver pronto y reptó por entre las piernas de la multitud, algunos detectaban la maniobra y trataban de impedirla, pero Ahmad se las arreglaba y seguía adelante.
Logró avanzar y se levantó al borde del tráiler, gritó para pedir su ración. Un joven voluntario lo vio y le pasó una bolsa, Ahmad con un grito le suplicó: ¡otro, tengo una hermanita!; el voluntario recogió el segundo paquete y sonriendo lo tendió hacia Ahmad.
El siseo del zumbido subió en intensidad y la sonrisa del voluntario se esfumó, miró hacia un lado antes que la explosión se adueñara del tráiler.
Alfonso Salgado Triviño
Ingeniero, lector, escritor
AHMAD Y SALWA

