Todos los días, en una casa de madera que colgaba de un tornillo, un pajarillo asomaba su cabeza por la ventana para cantar. Se abrían las puertas y, desde allí, salían sus habitantes a bailar al balcón. Apenas terminaba la pieza musical, ingresaban otra vez a su hogar.
Era una novedad, en especial para los chiquillos, el quedarse frente al antiguo reloj a la espera de su próximo espectáculo para verlos danzar y escuchar el ¡cucú, cucú!
Lo que no sabían estos espectadores, era que tanto el pajarillo como los artistas, estaban hastiados de su labor: a cada rato las parejas reacomodaban sus trajes para salir a escena y el pajarillo tenía que afinar su voz para señalar las medias horas y las horas en punto sin cambiar la melodía de su canción. El tic-tac del reloj no los dejaba descansar ni tomarse un tiempo libre, mucho menos dormir; había que ensayar.
Cada noche, los dueños daban cuerda al corazón del reloj; volvía a girar al compás de tres pesados péndulos que caían prolongando su vida… así pasaron muchos años.
Un día todo cambió: el reloj se detuvo, los péndulos dejaron de caer… decidieron reemplazarlo por otro modelo.
Ellos, por fin, fueron libres; dejaron de ser esclavos del tiempo.
09 de mayo de 2020
Blanca Josefina Betancourt Massott
“Cazadora de sueños”
Ilustración: Hugo Enrique Quintero Soto
¡CUCÚ, CUCÚ!

