Hace unos días me dejaron tirado en un rincón. Mis poros se están mohoseando y el olor a encierro me tiene agobiado. Yo, que me acostumbré en corto tiempo a disfrutar del color y la claridad, estaría a ciegas, si no fuera por un resquicio de la puerta por el que se cuela la luz. Para desgracia mía, un ratón amenaza con roer mi humanidad. Intento dormir para olvidar mi resquemor, pero afuera escucho voces distantes —supongo que están hablando de por qué terminé aquí—. Ahora soy un objeto de poca valía junto a porcelanas, libros y muñecos antiguos, que también fueron arrumados, quien sabe por qué motivo.
Para mi consuelo, quedan en la memoria los vívidos momentos del ayer. Recuerdo el día en que el dependiente del almacén me sacó de un estante, todo cubierto de polvo, para ser vendido a un hombre moreno, bajo de estatura y vestido con un delantal.
Sus manos llamaron mi atención por lo pequeñas, y sus dedos me recordaron las crayolas que acompañaron mi estancia hasta ese momento.
Me sacudió con un paño y envolvió en un papel periódico; la tinta de sus letras manchó mi piel, lo que no me agradó en lo más mínimo. Luego me llevó bajo el brazo a una habitación, me descubrió y desenrolló para encuadrarme en un marco de madera oscura, con ayuda de unas grapas enormes que, finalmente, moldearon mi ser. Me colocó sobre un caballete de mediana altura; desde allí vi dónde estaba: parecía un taller. Me sentí muy a gusto. Había espátulas, pinceles, témperas, tubos de óleo, lápices, papeles y caballetes. El único lienzo era yo, lo que me sorprendió un poco, pues en el local de donde vine, vivían conmigo una veintena de lienzos.
Cuando el atardecer amarilleó las paredes del taller, el hombre prendió una vela, encendió un cigarro y se detuvo a observarme; no adiviné lo que pasaba por su cabeza; pero, repentinamente, empezó a caminar de un lado a otro, tomó una espátula y la deslizó sobre la que fue mi blanca superficie; ésta, de inmediato, se transformó en la más negra noche.
Amaneció. Supuse que el artista había salido a buscarse la vida, porque empacó pinceles y vinilos en un estuche de madera, guardó unos papeles enrollados en una mochila y se marchó. Allí me quedé observando, a través de una inmensa ventana que dejaba asomar la luz de manera natural, cómo la ciudad se movía mientras yo esperaba al dueño de mi destino.
En la tarde aparecieron el pintor y una mujer de fina silueta, rasgos agradables y una sutil sonrisa. Cuál fue mi sorpresa cuando la mujer se despojó de su vestido y se acomodó en un viejo sofá ubicado cerca a la ventana. Creo que, para complacer al hombre, posó de diferentes maneras hasta cuando logró captar su interés y él le pidió que no se moviera. Josué —nombre que escuché de los labios de la modelo— la dibujó sobre un papel; asumí que el artista también fotografió ese momento en su mente, porque al poco tiempo ella se vistió y se fue.
Pasaban los días, la rutina se repetía: Josué salía en la mañana y volvía al atardecer, se tomaba un café, fumaba un cigarro y caía dormido sobre el roñoso sofá.
Pero, una tarde, mi rumbo cambió; Josué llegó más animado de lo usual, cogió los tubos de óleo, los pinceles y su paleta para mezclar y, en un arrebato de inspiración, empezó a darle vida a la negrura de mi exterior. Con su favor, creatividad y habilidosos pinceles, a partir de ese momento descubrí cuál era el objeto para el que había nacido. El hombre trazó sobre mi oscuridad el esbozo de su creación. Cuando los diferentes pinceles tocaron mi superficie, mi existencia cobró sentido. Con sus dedos cortos, Josué articulaba los colores, las luces y sombras, y fue como si una sinfonía de belleza impregnara mi naturaleza. Parecía satisfecho por su obra; al día siguiente salió de madrugada y me exhibió por varias calles de la ciudad con la idea de ponerme en venta. En eso estaba, cuando se le acercó un hombre de saco y corbata, quien, al verme, mostró deseos de adquirirme. La negociación no duró mucho tiempo y Josué logró sacar buen dinero al comprador. El hombre me llevó, y así fue como me despedí del creador de mi pintura, lo que me llenó de alegría, pues supuse que iría a formar parte de la galería exclusiva en el lugar de residencia de mi nuevo dueño. Pero no fue así. El individuo reconoció a la modelo plasmada en mi lienzo: era su prometida.
Chía, 15 de agosto de 2023
Blanca Josefina Betancourt Massott
“Cazadora de sueños”
Ilustraciones: pixabay.com/Modigliani arte.laguía2000.com
¡NO ROAS MI HUMANIDAD!



