Al día siguiente, cuando su madre, en un tercer intento la llamó a desayunar y vio que no había ningún tipo de respuesta, entró a la habitación: la encontró sin sentido, tirada en el piso, con las muñecas ensangrentadas.

***

Todos los días, en el mismo horario empezaban las clases de piano. La madre había aprendido a tocar ese instrumento desde que era niña y era capaz de arrancar suspiros, lágrimas y alegría cuando sus dedos volaban como mariposas y las melodías adornaban hasta el último rincón de la casa. El piano vertical se ubicaba en el fondo de la sala. La hija se acostumbró al sonsonete de las teclas blancas y negras cuando los estudiantes las golpeteaban para aprender las claves de sol y fa, al tiempo que la voz y las manos de la maestra, con paciencia y dulzura, señalaban el ritmo 3 x 4 del metrónomo, que no paraba su incesante tic-tac.

Aquel día de mayo, llegó al umbral de la casa a preguntar por las clases de piano. La adolescente leía en el jardín y pensó que era la oportunidad perfecta para presentarse: lo había visto en alguna ocasión en la tienda de la esquina y le habían cautivado sus ojos de miel, el cabello castaño desordenado y su voz de locutor de radionovelas. En ese momento apareció la madre con su simpatía habitual, dada por años de experiencia en la captura de aspirantes a músico y lo invitó a entrar; él sonrió e ingresó a la casa. Desde la primera lección, la quinceañera llegaba aprisa del colegio, se cambiaba el uniforme, comía de afán y, oculta tras un gabinete del comedor, contemplaba a su amor platónico.

Una tarde, salió corriendo desde su escondite hasta la habitación y dio un portazo —reacción que la madre y el alumno no entendieron— cuando descubrió que los dos, entre carcajadas, notas musicales y miradas cómplices, señalaban lo que ya parecía una historia de amor. Lloró durante horas. Su corazón quiso sucumbir y sus entrañas se recogieron en un grito mudo. El estómago en la boca y un sabor agrio en su interior le enseñaron que había iniciado su transición de niña a mujer.

Pasaron los días. La adolescente dejó de hablar, no quería comer y empezó a descuidar los estudios; iba obligada al colegio y no entraba a clases. La madre recibió un informe negativo de la dirección, pero asumió que esto era sólo producto de la edad; se limitó a darle algunos consejos, sin prestarle mayor atención. Jamás entendió que, con el pasar de los días, el sonido de las notas del piano era como agujas que se enterraban en el alma de su hija y que su melodiosa voz y risa, que la niña antes amó, se volvieron las cuchillas que destrozaron su razón sin piedad.

Blanca Josefina Betancourt Massott

“Cazadora de sueños”

Ilustración: Adobe Stock

CUCHILLADAS