Despuntaba el día. Los pájaros trinaban, el sol rozaba los techos de las casitas coloniales que en hileras y pintadas en colores vivos, decoraban aquel paisaje primaveral. Las flores en los balcones se descolgaban y las ventanas se abrían poco a poco para dar inicio a otro amanecer. El mar estaba en paz.
Cuando el rubio besaba a las colinas y el astro nocturno se despedía de las estrellas, el pueblo despertaba somnoliento por causa de aquella callejuela donde los faroles se prendían desde el atardecer. Dicen que tentaba a quien pasaba por allí y se sentía seducido por el son de la música, el movimiento sensual de las caderas de alguna mujer de piel dorada y ojos color miel, o también, por el sabor en el baile de algún joven aprendiz de Casanova.
La Botellita del Medio era el único bar del caserío. Estaba a dos cuadras de la plaza principal. Allí afluían, especialmente, los personajes más conocidos: el albañil, el policía, el maestro de escuela; en algunas ocasiones, el médico y, por supuesto, el alcalde. No era común ver la figura femenina por esos lares, con excepción de las bailarinas —las que hacían alarde de sus pasos al ritmo de la guitarra, el bongó y las claves—, una que otra chica alegre y la presencia de las mujeres que atendían las mesas y la cocina.
Aquella noche que corría sin afán, arribó a la bahía una embarcación desconocida por los habitantes de la región. Poco después, tres hombres —con uniformes de capitán y marineros—, ingresaron al bar y se aproximaron a la barra. El cantinero y dueño del sitio les ofreció un trago de ron. Dieron las gracias, pero rechazaron la invitación. El hombre sorprendido, les preguntó el por qué de su visita si no iban a beber y a divertirse, entonces el capitán le dijo que habían estado muchos días a la deriva; que habían entrado allí por ser el único local abierto en ese momento; que requerían de ayuda; uno de los pasajeros debía ser atendido con urgencia porque había sido acuchillado en un motín que se dio en el barco; que se habían quedado sin provisiones y necesitaban surtirse de alimento y bebidas para seguir el recorrido.
El alcalde, sentado a pocos pasos de los marineros, escuchó la petición del capitán. De inmediato se dirigió al médico, quien se manifestó impedido a hacer algo por su alto grado de alicoramiento; entonces, pidió apoyo a sus compañeros de juerga y campaña electoral; pero en medio de la borrachera que los tenía idiotizados, a nadie pareció importarle, y quedaron las cosas de ese tamaño. La mayor autoridad del caserío se disculpó por no poder hacer más, y salió del bar a fumar un habano.
El capitán, al notar la indiferencia de las personas que ocupaban el lugar, se volteó y alzando la voz insistió: «¡¿Podrían brindarnos ayuda ?!¡Se nos muere un tripulante!». Ninguno volteó a mirar, y empezaron a murmurar entre sí en tono de burla. Pasaron varios minutos. Los tragos iban y venían, las chicas bailaban en la tarima, las parejas se besuqueaban y los beodos hablaban de amistad.
De repente, uno de los marineros pateó una de las mesas dejando caer las botellas que hicieron estruendo al romperse. Con voz de trueno empezó a despotricar en contra de los ocupantes del bar: «¡Desgraciados, miserables!¡¿es que no escucharon a mi capitán?! usted, el médico ¡¿no hará nada?!», empezó a zarandearlo, pero el hombre a duras penas pudo levantar la cabeza de la mesa. Hubo silencio total. Los músicos dejaron de tocar, las bailarinas quedaron impávidas y los borrachitos pararon de beber.
El cantinero pidió a los forasteros, de la manera más amable, que abandonaran el lugar, pero ya era tarde. El otro marinero, iracundo, sacó un revólver que llevaba oculto en el cinto del pantalón. «¿En dónde está la bodega y el botiquín?», bramó, con el artefacto en el aire. Viendo que nadie respondía, tomó por el cuello a una de las bailarinas y le apuntó a la cabeza. Ella, aterrada, se desgonzó ante la fuerza de su mano y cayó al suelo. «¡Baja el revólver!», ordenó el capitán. El marinero lo dudó unos segundos, pero, ante la mirada imperiosa de su superior, obedeció. El capitán hizo señas a sus subordinados para salir del lugar, pero el maestro de escuela, quien minutos atrás disfrutaba de la compañía de la bailarina, se envalentonó e intentó quitarle el arma cuando pasó por su lado. Forcejearon, y a punta de puños y empujones, terminaron revolcándose.
El arma impactó sobre el suelo, y el alcalde, quien entraba en ese momento, lo recogió para evitar una tragedia. El policía separó a los boxeadores. Pero ante tal sinsentido, los borrachos y damiselas, los músicos y cocineras, salieron despavoridos por la pequeña puerta del bar, tumbando al alcalde a quién se le disparó el artefacto. El estallido lo aturdió... se inclinó y colocó el arma en el borde del andén…las piernas le temblaron y se abrazó al arco que adornaba la entrada del bar…los faroles de La Botellita del Medio se apagaron ante su mirada moribunda.
Minutos después, sin ningún pudor y llevados por la ocasión, los marineros junto al capitán robaron lo que pudieron, secuestraron al médico, pisotearon el cadáver, y se escabulleron hacia la solitaria bahía.
***
En la madrugada, los vecinos de la cuadra hallaron al alcalde bañado en sangre. El barco La Libertad había zarpado horas atrás. Los testigos de lo ocurrido en La Botellita del Medio prefirieron callar.
Blanca Josefina Betancourt Massott
“Cazadora de sueños”
Ilustración: lanacion.com.ar
LA BOTELLITA DEL MEDIO

