Mariela, madre de dos hijos, sin un marido con quien compartir los deberes, era una mujer de veinticinco años, tez morena, con sonrisa amplia y cabello recogido bajo un turbante. Después de llevar a los niños a la escuela rural, se dirigía a una cafetería que quedaba a cinco cuadras del rancho en el que vivían. Servía las mesas, lavaba platos y limpiaba el local. Su salario era mísero, por eso, después de su jornada laboral y acostar a sus pequeños, se sentaba a tejer antes de que el sol despeinara sus rayos, para poder vender sacos, bufandas, chales y gorros en la plaza de artesanos los domingos.
—Mija, pa que tuvo hijos —le cuestionó alguna vez una de las mujeres que iba a vender cerámicas —sólo traen problemas y trabajo.
—Qué gano yo con quejarme si ya me los hizo ese Heriberto, doñita. Pa saber que se marchó antes de conocer al pelao menor —contestó dando la espalda mientras doblaba la mercancía que le quedaba—. No hay más remedio que sacarlos adelante y, no son un problema, con eso y todo, yo los quiero —terminó la frase cuando se colocaba el morral tras la espalda.
Sin embargo, Mariela se carcomía por dentro: —¡Desgraciao! ¡ojalá te pudras en el infierno!
Lo había visto con otra mujer muy amacizado en las fiestas del pueblo y ese hervor en el pecho no la dejaba vivir. Se acordó de una vecina que cobraba unos cuantos pesos a cambio de preparar menjurjes para atraer al ser amado, abrigar la buena fortuna o alejar al mal amor.
—No se preocupe vecinita, que yo le hago el favor…
Esa noche, mientras Heriberto bailaba con la mujer, la bruja se acercó con disimulo y le echó una pócima a la botella en que bebía cerveza. Se ocultó entre la multitud a observar si el hechizo para sacarlo del pueblo surtía efecto. Le contaría luego a Mariela, quien se negó a asistir al festival para no ver la cara del traicionero.
Entre arrumacos y risotadas, el hombre sorbió un trago de la botella y le dio a probar a su amante. No pasaron cinco minutos cuando los dos cayeron al suelo, empezaron a convulsionar y a echar babas por la boca. Los enfiestados quedaron tiesos de la sorpresa y los tórtolos con los ojos en blanco.
—¡Uy! ¡Se me fue la mano! —dijo la bruja mientras corría calle arriba para perderse entre las casuchas. La noche se revolucionó con lo ocurrido, mientras, Mariela, ignorante de todo, tejía para sus clientes.
Al día siguiente, escuchó los rumores sobre una pareja que había muerto de manera misteriosa, pero nadie se atrevió a decirle que aquellos eran el padre de sus hijos y su amante. En la tarde, cuando fue a preguntar a la bruja sobre el mandado, una vecina le comentó que la mujer se había ido del pueblo a la madrugada. Mariela llegó a su hogar encorvada por el peso de las prendas que no vendió; su hijo mayor salió a su encuentro para ayudarla.
Horas después, los niños dormían. Mariela, sentada frente a la chimenea, tejía sin parar. En el momento en que no daba más, se levantó del butaco para apagar la chimenea. Percibió un fuerte olor a tufo y vio dos sombras que se le acercaban mientras bailaban; los hilos de lana volaban de un lado a otro sin explicación; las agujas cayeron al piso de tierra cuando ella trató de huir; las sombras le ataron las manos y empezaron a envolverla como araña a su presa.
Ella, en su desespero, con los ojos brotados y las venas burbujeando de terror, dio gritos de auxilio; se sacudía como una medusa para liberarse, pero todo era en vano. Sus hijos saltaron de los catres al escuchar el escándalo; cuando se asomaron en la habitación, vieron cómo la silueta de su padre ahogaba a su madre dentro de una enorme madeja de lana. Flotando junto a él, la sombra de una mujer sostenía en el aire las agujas de tejer. El niño, sacando coraje, corrió hacia su madre para intentar liberarla, pero la sombra femenina le enterró una y otra vez las agujas en el estómago. La niña, paralizada por la escena, no pudo huir cuando la misma le enterró las agujas en el pecho.
Al día siguiente, notaron la ausencia de los niños en la escuela, y de Mariela en la cafetería. Fueron a buscarlos al rancho.
Aún no encuentran a los asesinos… no imaginan que sus huellas flotan por el pueblo.
Blanca Josefina Betancourt Massott
“Cazadora de sueños”
Ilustración: ww.saatchiart.com
LA TEJEDORA

