Ella había comenzado a escribir desde los siete años acerca de lo que le rodeaba, sentía y soñaba, y continuó haciéndolo con cierta frecuencia. Desde que era pequeña, jugaba a ser maestra con sus hermanitos y pares… nunca imaginó que esa inclinación encaminaría su vida.
Luego, a sus veintitrés años, era más que una niña, pero menos que una mujer…vivía con sus padres y hermanos, no sabía qué rumbo tomar y había dejado de lado dos carreras: dibujo publicitario y diseño gráfico. Por eso, por un tiempo trabajó en un almacén de ropa en el centro de Bogotá llamado El Ley.
Un año atrás había terminado una relación sentimental con un artista; era un extraordinario pintor, y estuvo a punto de casarse con él, pero se dio cuenta de que su realidad y la suya no tenían punto de encuentro.
La mamá le decía que vivía enamorada del amor, porque se “ilusionaba” con quien era amable con ella, pero, al final, no la tomaban en serio. Eso es lo que yo, queridos lectores, llamo “amor platónico”. Sin embargo, a pesar del rompimiento con su prometido, se volvió a deslumbrar con uno que otro de los clientes que apareció por el almacén.
Por ese entonces, llevaba una libreta en la que anotaba las cuentas de sus ventas, sus ideas, ensoñaciones y planes y, de manera clandestina, estudiaba con un libro sobre pruebas de estado, para poder presentar el examen de ingreso a la Universidad Pedagógica Nacional o a la Distrital.
Una fría tarde en que no había clientes a quien atender, se metió a escribir sus apuntes, cuando, de repente, sintió en el hombro unos dedos que captaron su atención. Al voltear, vio a un joven que estrelló sus ojos con los suyos y le preguntó por el precio de un pantalón…detrás de él y frente a ella, se reflejó en un espejo, esa chica de estilo hippie, con gafas a lo Lennon y con amplia sonrisa que enseguida lo atendió.
Fue allí, cuando su imaginación de colibrí desbocado empezó a volar, y este poema apareció…
PIEL


«El amor platónico es un castigo que la mente debe sufrir por la inocencia del corazón». Leonard Cebin.
Mi piel percibe la tibieza de tu piel,
el entorno de tu figura
tu torso, tu cintura,
tus brazos ajustando mi cuerpo frágil
que como una cristalina copa se resquebraja
bajo tu fuerza domadora.
Sólo con imaginar tus besos
una corriente de frío me recorre toda
Y tiemblo al sentirme tuya, sin serlo
sin haberlo sido nunca.
El agua humedece mi piel y eres mío
sin haberlo sido.
Cierro los ojos y estás allí, a mi lado,
tu presencia
extraño cuando,
al abrirlos no te palpo.
Estás tan cerca de mí
y sin embargo tan alejado.
Mis poros están a flor de piel
para ser besados;
Ámame, tómame, dejemos el temor a un lado.
Blanca Josefina Betancourt Massott
“Cazadora de Sueños”