

Vivía sola en la casa que antes albergó hijos, nietos y sobrinos. Donde hubo juegos, tertulias y fiestas, solo quedaban recuerdos. El aire de la casa era denso; el aroma de las flores del jardín se mezclaba con el del tiempo detenido en sus cuadros y libros.
El temor a lo que pudiera sucederle si salía sola y los dolores de artritis, agravados tras la viudez, la habían confinado a una profunda soledad. Esperaba con ansia una carta, una llamada, el sonido del timbre… pero, ante su ausencia, releía sus libros de hojas amarillas y portadas descoloridas por los años.
Divagaba por los canales del televisor cuando apareció un sacerdote que hablaba de milagros. Prometía sanar dolores en sus misas y, al anunciar su próxima visita a la ciudad, una lucecita se encendió en su interior.
Buscó quién la llevara, pero solo recibió respuestas como:
—No le comas cuento a esos curas.
—Abuela, a tu edad ya deberías saber que todo eso es una estafa.
Sabía que su felicidad dependía de encontrar el coraje para salir de ese entierro en vida al que se había sometido. Pese al temor a la estafa, tomó una decisión:
—Iré.
Al amanecer del día señalado, comenzó a alistarse para la aventura. Se sentía como en su adolescencia, cuando se escapó con su novio para asistir a un concierto prohibido por sus padres. Preparó un sándwich, sacó un poco de dinero de una cajita, guardó todo en un bolso, tomó dos analgésicos y salió, bastón en mano, rumbo al paradero del bus.
No lograba subir al bus. Por suerte, el conductor le tendió la mano y esperó, con paciencia, a que tomara asiento antes de arrancar. Desde la ventana, contemplaba la calle como si la viera por primera vez. Los árboles parecían más verdes, las flores más vivas, la ciudad más limpia. Todo era perfecto...
Hasta que sus pensamientos se ensombrecieron: ¿Cómo me voy a bajar del bus? ¿Y si me caigo? ¿Y si no encuentro la dirección? ¿Y si hay mucha gente y no puedo respirar? Los temores que la mantenían encerrada en casa se apoderaron de ella: comenzó a sudar y a perder fuerza.
Entre pensamientos catastróficos, llegó a su destino. Debía bajarse en la siguiente parada. Reaccionó y se dispuso a descender. Un joven, al notar sus dificultades para ponerse en pie, le ofreció ayuda. ¡Otro reto superado!
Pese al tormento de las punzadas en la cadera y las rodillas, con cada paso, obstinada, se acercaba a su destino. Solo con imaginarse en la misa, frente al sacerdote, recuperaba fuerzas y se llenaba de valor.
Al llegar, se encontró con una taquilla y una fila de ancianos como ella, con miradas cargadas de esperanza, dispuestos a comprar su entrada. Apenas cruzó la puerta, tropezó y cayó. De inmediato, varias personas la ayudaron a levantarse y la condujeron hasta una silla para comprobar si se había hecho daño. Por suerte, no era nada grave. Entonces recordó la comida que llevaba consigo y, con la tranquilidad de haber llegado, la consumió para recuperar fuerzas antes de encaminarse hacia la ceremonia.
Apenas salió el sacerdote, una explosión de alegría sacudió el lugar. La gente cantaba y aplaudía. Se dejó contagiar por la alegría colectiva y el cansancio desapareció.
La misa inició… con una fe profunda, todos siguieron las oraciones. Tras la comunión, el sacerdote anunció:
—Este es el momento que todos esperaban. Levanten sus manos en oración.
Él también levantaba las suyas, repartiendo bendiciones a diestra y siniestra.
Ella cerró los ojos. La emoción le oprimía el pecho y le robaba el aire. Recordó sus días felices: las escapadas para citas amorosas, los paseos con su esposo, los juegos con sus niños pequeños. Su corazón latía como entonces y, de pronto, un hormigueo cálido recorrió todo su cuerpo. El dolor había desaparecido.
Miró al sacerdote a los ojos… y en ellos descubrió los de su esposo, que le tendía la mano para el primer baile de su boda. Sus pies flotaban en el piso, moviéndose con total armonía.
Confundida, despertó sin saber dónde estaba, pero con una urgencia inexplicable de vivir. A través de la ventana vio un jardín casi seco, salvo una planta que se resistía a la muerte, de la que brotaban dos flores.
Blanca Ruiz
Escritora en ciernes
Imagen: Blanca Ruiz