

Lo vi por primera vez una tarde gris, cuando regresaba del trabajo con la cabeza llena de discusiones pendientes con Alberto. Era un perrito pequeño que me seguía. Decidí llevarlo a casa para ayudarlo a encontrar su hogar.
Cuando Alberto lo vio, su reacción fue tajante:
—¿De dónde salió ese perro? Sabes que no me gustan las mascotas.
—Sí, lo sé. Le estoy buscando un hogar. Publiqué su información en redes sociales.
—Con lo cortos que estamos de dinero, ¿quién pagará los gastos?
—No te preocupes, no nos va a afectar —respondí, encendiendo el televisor, con la esperanza de cambiar el tema. La estrategia funcionó; se distrajo con el noticiero.
Tras tres semanas, nadie había mostrado interés por el perro. La situación con Alberto se hizo insostenible: llegaba tarde para evitarlo y sus constantes reproches sobre los gastos me ponían de mal humor.
Finalmente, apareció un interesado en adoptarlo. Al entrar a la casa, se detuvo al mirar una foto.
— ¿Es Alberto Carrillo?
Asentí con la cabeza.
—Es el novio de Adriana, mi mejor amiga —dijo.
—¿Desde cuándo? —pregunté, con la voz ligeramente cortada, pero intentando que no se me notara el impacto que me había causado la noticia.
—Desde hace como tres meses —respondió, mirándome con expresión dubitativa.
—Vivimos juntos desde hace dos años —dije, estallando en llanto.
—Qué pena… mejor me voy —dijo, mientras salía casi corriendo.
Quedé muda. Me faltaba el aire. Lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Quería convencerme de que todo era error… Alberto no me sería infiel. Pasé varias horas tratando de aclarar mis ideas.
De pronto, él entró con los ojos inyectados de rabia. Mi instinto me gritó: “Está muy bravo, seguro ya habló con ella. Anticípate”.
—¿Quién es Adriana?
—¿Qué carajos estás haciendo? ¿Me estás espiando? No puedo creer que esté con alguien que no confía en mí y que además, se meta con mis amigas.
—¿Yo?, ¡Explícame quién es ella! —grité entre lágrimas.
—Eres una loca; no entiendo qué hago aquí —dijo, mientras metía su ropa en una maleta. Salió de mi vida con un portazo.
Me recosté en la cama, temblando y un tanto mareada, mirando al vacío. El perrito salió de debajo con cara de susto. Saltó a mi lado, puso su patita en mi pierna, tocó mi mejilla con su naricita y lamió mis lágrimas. Lo abracé llorando y me dormí. Amanecí deprimida, luego de una noche en la que despertaba con frecuencia.
El perro seguía en mi cama, acompañándome en la pena… al ver su mirada inocente, enmarcada en esa carita peluda, lo supe: él ya tenía un lugar; se llamaría Paco.
Los meses que siguieron a la partida de Alberto estuvieron marcados por la soledad. Tardé mucho en entender que sus reproches, siempre dirigidos a hacerme sentir culpable de todo eran producto de su inmadurez. El día que se fue, no quiso dar explicaciones, solo escapar, aprovechando la oportunidad de quedarse con la mujer que, en ese momento, le convenía más. Paco, en silencio, me acompañaba y con un toquecito de vez en cuando me mostraba que estaba ahí. Solo quienes lo hemos vivido entendemos el amor incondicional, que no juzga ni exige; que no se va… el amor que lame nuestras heridas y fortalece el espíritu.
Cuando compré mi primer carro, fuimos hacia Guatavita. Al acercarme a una colina llena de flores que formaban una especie de manto de terciopelo amarillo que contrastaba con el verde de las montañas vecinas y el azul del cielo, su belleza me hizo parar para contemplarla. Al abrir la puerta, Paco corrió y se perdió entre las flores. Lo llamé, pero no regresaba. No sabía qué hacer; estaba muy angustiada. De pronto noté unas plantas moviéndose aleatoriamente; corrí hacia ellas. Ahí estaba Paco, revolcándose; apenas se distinguía una forma entre canela y amarilla, llena de pétalos enredados en la melena. Me miró con sus ojitos perdidos entre pelo y flores; ladró, como invitándome a su fiesta. Mi angustia se convirtió en risa y me tiré a su lado a contemplar el paisaje. La belleza surrealista que vi inicialmente se convirtió en una realidad llena de colores y aromas que transmitían paz. Repetimos el paseo cada vez que pudimos, y aunque no todas las veces había flores, siempre salíamos felices.
El siguiente novio resultó más agresivo que Alberto, pero logré detectar rápidamente sus intentos de manipularme haciéndome sentir culpable por sus problemas. Ya no me importaba quedarme sola. Comencé a ser más selectiva. Paco me sostenía mientras yo tejía una armadura con mis cicatrices; cada vez menos espinas llegaban a mi corazón.
A sus doce años, Paco comenzó a decaer; le costaba trabajo moverse, comía poco y dormía mucho. Cuando entendí que el final estaba cerca, lo llevé alzado hasta nuestra colina, que afortunadamente estaba florida, lo acosté sobre una cobija y juntos contemplamos el atardecer… fue nuestro ritual de despedida.
Murió a los pocos días. Salí de la veterinaria vacía, como si hubiera dejado mi alegría con él. Caminé por el parque que tantas veces recorrimos. Llorando me senté en una silla. Las hojas otoñales, en tonos de amarillo a café, tapizaban el suelo. Continué hacia mi hogar, donde esperaría el invierno que se anunciaba… en mi mente, Paco seguía corriendo entre las flores.
Blanca Ruiz
Escritora en ciernes
Imagen: Freepik