Los meses pasaban entre desayunos solitarios, contactando antiguos amigos o profesores, y hojas de vida enviadas al vacío. Cada notificación en mi celular me llegaba como un corrientazo al estómago. Nada.

El dinero se estaba acabando y debía hacer algo. Apliqué a trabajos de todo tipo: ventas, call centers, mesero. Nada.

Pagué el último mes de arriendo. La cuenta bancaria quedó en ceros. Nada.

Con miedo, empecé a colarme en el metro. El corazón se me aceleraba cada vez que cruzaba el torniquete, hasta que lo convertí en hábito.

Mi cabeza daba vueltas.
—¿Acaso era mentira que tenía talento? ¿Por qué nadie me ofrecía un trabajo? ¿Cómo voy a pagar el arriendo? ¿Qué voy a comer?

Las preguntas martillaban mi mente. Recordé lo que muchos jóvenes desempleados hacían: vender en el metro. Lo que antes me molestaba podía ser mi única alternativa.
—¿Y si hago lo mismo? Pero cómo buscar trabajo mientras estoy todo el día metido en un vagón. Me estaría condenando al rebusque.

Probé varios productos hasta que descubrí que los dulces eran lo más sencillo: no se dañaban y siempre había alguien que compraba uno.
—¡Huy, se me hizo tarde! ¿No hay luz?, qué extraño… tocará bañarse con agua fría —pensé, mientras me levantaba.

Ese día almorcé en un restaurante barato del centro, trabajé hasta antes de la hora pico y volví a casa. Aún sin luz. Intenté localizar a la dueña de la pensión. No respondió.

Tras varios días, los otros inquilinos se fueron marchando. Quedé solo. Lo esencial era disponer de internet por si me escribían para algún trabajo. Logré señal con una red no protegida de una casa vecina.

A las dos semanas, se fue el agua. La falta de baño hizo más difícil colarme en el sistema de transporte. Mi olfato me obligaba a buscar cómo usar otros baños. La ganzúa fue mi mejor amiga hasta que logré abrir todas las puertas.

Por momentos, la ansiedad me carcomía. Me sentía rozando el límite de la indigencia. ¿Qué dirían mis padres si me vieran así?

FUERA DE LUGAR

Buscando disipar la mente, salí a caminar por un sector de la ciudad que no conocía. Una vegetación similar a la que solía crecer en los riachuelos de mi pueblo me sorprendió tras doblar una esquina; me llené de nostalgia y pensé que tal vez allí habría agua limpia para bañarme con tranquilidad. Al acercarme noté que era un caño pestilente.

Di un rodeo y encontré un ariete funcionando en un jardín aislado. Sin pensarlo, me ubiqué donde me cayera agua; con la barra de jabón que llevaba en el bolsillo me froté hasta quedar limpio. El “operativo baño” resultó torpe, pero la ligereza de mi cuerpo, liberado al fin de la suciedad que se había vuelto una carga dura de llevar, me trajo una felicidad inesperada. El sol secó mi ropa de camino a casa y esa noche pude dormir con la serenidad de otros tiempos.

Decidí buscar la manera de asearme. Desmonté la canaleta del techo para recolectar agua de lluvia; dependía del clima, pero era un comienzo. Con el tiempo, aprendí a lavarme a medias en los lavamanos de los baños públicos. Mi ropa, en cambio, olía cada vez peor. Preguntando aquí y allá, descubrí una lavandería de autoservicio. ¡Otro pequeño triunfo!

Mi rutina se redujo al mínimo: buscar agua, desayunar empanada donde la señora de la esquina, colarme en el metro, almorzar en donde pudiera cargar el celular. Si el dinero alcanzaba, ir a cine —aprovechando para asearme en los baños—. O visitar a Rogelio, el único amigo que me quedaba. Cenar lo que encontraba en el camino, regresar a la pensión, revisar el correo antes de acostarme. Nada.

Llevaba varios días sin ver a Rogelio, siempre con “compromisos”. Una noche, con una cerveza tibia entre las manos, recordé nuestra última conversación:

—¿Te acuerdas del grado? —me dijo—. Antes de entrar al auditorio hablamos con el profe Henry.
—Sí… me felicitó, incluso me dijo que lo llamara cuando quisiera. Lo intenté, pero nunca respondió.
—Era la emoción del momento —se encogió de hombros—. Yo pensé que íbamos a trabajar juntos en grandes proyectos, pero terminé ayudando a mi papá en el negocio.
—Yo me veía escribiendo guiones revolucionarios, celebrando éxitos contigo. Creí que no iba a tener dificultades: me quedaba algo de la herencia de mis padres, vivía en una pensión sencilla, no gastaba mucho…
—Al menos puedes defenderte…
—Sí, consigo lo básico para sobrevivir. De haber sabido lo que vendría, habría tomado otras decisiones. Aún sueño con mis proyectos, pero ahora creo que solo alimentan mi alma y nunca verán la luz... al menos no en este país.

Guardó silencio. Luego, casi en un suspiro, dijo:
—A mí me pasa lo mismo.

Nos quedamos callados, cada uno pensando en lo que no fue. Ese día, sin saberlo, vi por última vez a Rogelio.

Comencé a notar miradas de rechazo en la calle; la sala de cine, último hábito que mantenía de mi vida pasada, me cerró las puertas.

Dejé de enviar hojas de vida. Con los gastos reducidos al mínimo, podía, incluso, descansar más días.

La pensión y yo, nos fuimos hundiendo en el abandono.

***

Una mañana, la señora de las empanadas cayó en cuenta de que ya nadie salía de la casona en ruinas. Se quedó mirando hacia la puerta, hasta que una voz le dijo a su lado:
—Dos de carne, por favor.

Blanca Ruiz
Escritora en ciernes

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