Para ganar algo de dinero comencé a trabajar recogiendo café; me repetía:
—Va a ser divertido. El ejercicio al aire libre es saludable. Consigo dinero mientras busco trabajo.

El aire fresco de la mañana, el aroma dulce de los cafetales, el canto de las aves… y esa paz que inspira el campo me ayudaban a soportar el cansancio. Divagaba: “voy a emprender…”, “mi siguiente viaje será a… o a…”.

A medida que avanzaba el día, el sol inclemente me quemaba la cabeza. Al final de la tarde me dolían los brazos, el peso del canasto me rompía la espalda. Cada grano cosechado era una derrota.

En mi otra vida, alternaba las rutinas del gimnasio con días de descanso. Pero en el campo, la cosecha no da espera. Mis manos, acostumbradas al teclado, estaban llenas de ampollas, como mi espíritu.

Solía trabajar en inteligencia artificial. Implementaba modelos de aprendizaje automático que optimizaban costos; un eufemismo elegante para despedir operadores. Cada proyecto exitoso era como una medallita que colgaba en mi ego.

Mi trabajo, remoto y lucrativo, me abría el mundo; así conocí casi todas las ciudades de mis sueños y disfruté de la mayoría de los placeres que el dinero puede comprar. Desde Berlín entregué mi último proyecto; en un café medieval de Praga, trazaba la ruta para ir a Zúrich, hasta que llegó la llamada. El corazón se me arrugó y la mente se me nubló. Recuerdo frases como: ‘no tenemos proyectos a la vista’, ‘tu contribución a la empresa ha sido inmensa’… era como escuchar uno de mis programas.

Nunca me habían despedido.

Busqué trabajo, pero donde antes abundaban las oportunidades, ahora había procesos de reestructuración. Las empresas ya no necesitaban profesionales como yo: buscaban gente con menos conocimiento que se limitaran a darle instrucciones a la inteligencia artificial para que hiciera todo el proyecto. Aun así, me postulé a esos trabajos. El silencio fue contundente. La mano comenzó a temblarme cuando aplicaba a una posición; en el fondo presentía que no recibiría respuesta alguna.

Probé con la cocina, un refugio de lo humano. Me encontré con ex colegas de otras industrias, también desplazados por máquinas, todos compitiendo por migajas.

Al año, la hipoteca y las tarjetas de crédito devoraron mis ahorros. Llamé al banco para pedir refinanciación. Me atendió un asistente virtual con una voz suave y entonación perfecta. La reconocí al instante: era la misma que había entrenado en uno de mis primeros proyectos. Seguí los pasos del algoritmo, aun sabiendo lo que vendría. Esperé en silencio la respuesta: “Lamentamos informarle que su perfil no cumple con los criterios de riesgo actuales. Gracias por confiar en nosotros”. Perdí el apartamento.

FUERA DE PROGRAMA

Tuve que volver a vivir con mi familia, en un pequeño pueblo agrícola. Como durante años habían presumido de su “retoño”, debía decir que estaba de vacaciones.

Era una ironía: el desarrollo tecnológico, que antes había liberado a la humanidad de los trabajos manuales más pesados, ahora también la liberaba de las tareas intelectuales. Solo quedaban oportunidades propias de un mundo preindustrial.

Mis padres, que invirtieron todo en la carrera que me llevó lejos, ahora veían cómo ese mismo futuro los estrangulaba: en casa se comía menos carne y más granos, no se compraba leche con la excusa de que era más saludable, hacían cuentas todas las noches.

Acepté la ayuda de un amigo de la familia: emplearme en la recolección de su cosecha “para entender la vida del campo”. Al regresar cada tarde, con las botas embarradas y el espíritu quebrado, notaba la mirada de resignación de mi padre desde la ventana; aparentaba no haberlo visto… su nómada que viajaba por el mundo nunca regresaría.

Una noche vi en las noticias un modelo de máquina cosechadora completamente automática… ¿cosechar para quién?

Blanca Ruiz
Escritora en ciernes

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