

Ingresé a la empresa en el área de recursos humanos, fui descubriendo que mi verdadera pasión era la cultura japonesa. Decidí estudiar por mi cuenta sus metodologías para optimización y calidad: Kaizen, Kanban, Poka-Yoke, 5S, entre otras. No eran solo técnicas: eran principios casi de vida.
Tuvimos una vacante regional en el área de calidad, pero ninguno de los candidatos cumplía con las expectativas. Mi jefe, intrigado por mis observaciones durante las entrevistas, me preguntó cómo sabía tanto del tema. Terminamos hablando de los dilemas de la organización. Al final, me dijo sin rodeos:
—El puesto es tuyo.
—Pero nunca he trabajado en esa área, mis subalternos tendrían más experiencia que yo —dije intentando transmitir modestia.
—Eso no me preocupa —dijo con firmeza—. Cuando te conozcan, te van a respetar. Tienes todo lo que se requiere en tu cabeza.
Al comienzo me escucharon solo por mi posición. Luego, como cuando llega un nuevo lobo a la manada: lo analizan, si es fuerte lo aceptan, y si los supera a todos, se convierte en el alfa. Comenzaron a respetarme.
A los tres años de mi ascenso, hubo una reestructuración en la compañía que eliminó mi posición. Como mis logros eran significativos, me pidieron que saliera a vacaciones, mientras me reubicaban.
Me lancé a cumplir el sueño de mi vida, Japón. Disfruté: la tecnología y el bullicio ordenado de Tokio, la paz de Kamakura, el minimalismo japonés en Hakone, la belleza “porque sí” de Kioto, el comercio de Osaka, la nostalgia de Hiroshima, la pureza de Nara y el misticismo de Koyasán. Logré interiorizar la cultura del país. Nacieron nuevos proyectos en mi mente; ya me veía hablando con mi jefe de tantas cosas que podíamos aplicar. Ya quería regresar.
El día indicado regresé a la empresa. Me sorprendió que mi jefe me estuviera esperando tan temprano. Me invitó a un cafecito en la salita de su oficina.
—No sabes cómo me duele lo que tengo que decirte —dijo mirándome con tristeza y un ligero temblor en sus labios—. No encontramos una posición para ti. Esta es tu carta de despido —y extendió un sobre con su mano temblorosa—. Encontrarás una muy buena bonificación por todo lo que nos aportaste.
Mi estómago se contrajo como si hubiera recibido un puño mientras el aire escapaba de mis pulmones. Sentí que me iba a desmayar, puse mis manos sobre las rodillas para sostenerme. Lo miré con picardía; esperaba una sonrisa que insinuara una broma. Él bajó la mirada. En ese momento pensé en todos los proyectos que había imaginado durante mi viaje; la ilusión se derrumbaba como un castillo de naipes.
Salí de la empresa sin rumbo. Quería contarle a alguien, pero todos mis amigos estaban allí; no lo consideré prudente. Entendí por qué siempre le recomendaban a uno hacer una vida diferente del trabajo, tener amigos, tener una familia… consejo que eché en saco roto. Por mis viajes, me había alejado mucho de mis padres; no quería visitarlos solo para que me consolaran. Estuve todo el día en el apartamento. Me acosté sin cenar, buscando esconderme en la fantasía de algún sueño.
FUERA DE TIEMPO


Me faltaban cinco años para pensionarme. Por experiencia sabía que emplearse en ese momento de la vida es muy difícil. Con disciplina, hice lo que debía: preparé mi hoja de vida y comencé a buscar trabajo.
Mi primera entrevista fue para una empresa de tecnología. Al entrar, noté que la mayoría tenía la edad de mis sobrinos, y recordé lo agradable que es trabajar con jóvenes. La entrevista fue muy rápida; me dijeron que buscaban a alguien muy dinámico, que me llamarían si continuaba en el proceso. Recordé mis tiempos en recursos humanos: ‘dinámico’ significaba en realidad ‘joven’. Siempre había pensado que era capaz de hacer bien una entrevista; conocía cómo pensaban los que estaban del otro lado del escritorio, pero la edad es algo que no se puede esconder. Solo pude decir: Entiendo. Caminé hacia la salida con pesadez, como si esas palabras hubieran, de golpe, envejecido mis músculos. Ya no podían cargar con mi espíritu.
Durante varias semanas nadie me llamó. Modifiqué mi hoja de vida para aplicar a trabajos inferiores al último que tuve.
Tuve varias entrevistas, pero ante preguntas como: “¿Cree que puede sentirse a gusto desempeñando una posición tan sencilla?”, “¿Puede acomodar su presupuesto a este nuevo salario?” o “¿Cuando usted trabajaba en recursos humanos, habría aceptado a alguien que quedara subempleado?”. Sabía que no me llamarían.
Como mi dignidad no me iba a dar de comer, decidí limitar los gastos a lo indispensable y buscar cualquier tipo de trabajo. Intenté vender ropa, alimentos saludables, utensilios de cocina, pero no era lo mío. No lo hice bien. Ya no tenía la energía para mostrar la fuerza del alfa. No me quedó más remedio que comenzar a vender mis activos.
Cinco años pueden ser una eternidad cuando se cuenta cada minuto…
Blanca Ruiz
Escritora en ciernes
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