Llevaba ocho años casada con Suan sin lograr un embarazo. Al comienzo, él me abrazaba y me decía:

—El próximo mes será.

Con los años, fuimos perdiendo la esperanza. El vacío que sentía en el corazón cuando me llegaba el periodo, se reflejaba en mi rostro ante su mirada de impotencia. Las desilusiones acumuladas comenzaron a deteriorar la relación.

En la clínica de fertilidad nos manifestaron su desconcierto. Estaba pasando en todo el mundo: los óvulos fecundados morían en menos de cuarenta y ocho horas. Desde hacía tres años, casi no nacían niños. La humanidad podía estar al borde de la extinción.

La sorpresa más hermosa —y más inquietante— de mi vida llegó una mañana de abril. Tras cinco días de retraso, me hice la prueba de embarazo. Ante mis ojos comenzó a aparecer la segunda raya. Esa que nunca creí llegar a ver, se dibujaba con una lentitud insoportable, pero cada vez más nítida. Un corrientazo me atravesó el cuerpo. Mis manos temblaron: la noche con Lugh… una sola noche. Un único desliz, que ocurrió en un fin de semana en el que, por azares del destino, había estado con los dos.

—Tiene que ser de mi esposo —me repetía, buscando calmarme.

Las madrugadas se volvieron sinónimo de insomnio: entre sueños llegaba la imagen de mi infidelidad, y de inmediato me invadía el pánico a que el nacimiento me delatara. Aunque era capaz de criar sola al bebé, no quería separarme de Suan. La ansiedad terminaba por devorarme.

En un mundo donde nadie podía concebir, mi embarazo era un milagro. Mi vientre cargaba esperanza. Desconocidos me sonreían en la calle. Suan, cada noche, llegaba directo a acariciarme con una ternura multiplicada por las felicitaciones de todos en su trabajo.

Mi hijo nació en diciembre. Perfecto. Hermoso. Lo miré buscando en su rostro un parecido que me diera paz. No vi en él rasgos de Lugh. Respiré aliviada. Lo estreché contra mi pecho, dispuesta a abrazar la felicidad y enterrar la duda.

Lugh vino a visitarnos cargado de regalos. Tomó al niño con la naturalidad que cualquier padre alza a su hijo por primera vez. En sus ojos brilló algo parecido al orgullo. Esa chispa me desarmó. No sé si fue por el terror del momento, pero ahí, teniendo uno al lado del otro, me pareció ver que Lugh y el bebé tenían el mismo tipo de nariz. El vaso en el que le ofrecí agua fue la inspiración para buscar la verdad: Una prueba de ADN.

El resultado fue absurdo: Lugh aparecía como “posible abuelo, tío, sobrino o medio hermano” de mi hijo. Con el corazón encogido repetí el examen con una muestra de Suan. El veredicto fue idéntico.

Confundida, acudí a mi ginecólogo. Cuando escuchó mi historia no se sorprendió. Palideció.

—No es el primer caso —dijo casi susurrando—. Se está repitiendo. Esto puede ser más grande de lo que pensamos.

Dos meses después, una llamada suya me dejó fría:

—Nina, tu bebé es producto de dos espermatozoides.
—¿Cómo así? No entiendo…
—El óvulo solo sobrevive cuando recibe información genética de dos hombres distintos. Aunque no hay una explicación a la luz de la ciencia que conocemos, lo comentaremos esta noche en el noticiero.
—Por favor, que Suan no se entere de nuestra conversación —dije suplicante.
—No te preocupes, es secreto profesional.

Esa noche, mientras arropaba al bebé, escuché a Suan gritar desde el sofá:

—¡Nina, ven rápido, tienes que ver esto!

En la pantalla, una periodista hablaba con voz solemne:

“En el marco de la actual crisis de fertilidad, los estudios confirman que cuando los óvulos reciben material genético de dos espermatozoides de individuos distintos, los cigotos resultantes tienen mayor viabilidad de sobrevivir. Los científicos han denominado este fenómeno ‘fecundación dual’. El impacto es enorme: bebés que heredan el ADN de dos padres y una madre…”

La sangre se me heló. Me quedé sin aire. Esperé la pregunta, la mirada acusadora, el grito.

“… podría ser el nacimiento de una nueva especie…”

Entonces él me abrazó y con la voz quebrada me dijo:

—Fuimos afortunados, ¿No crees?

Blanca Ruiz
Escritora en ciernes

Imagen: Freepik

LO IMPENSABLE