

Corría para salvar mi vida y el tesoro. Tropas a caballo me alcanzaban, las fuerzas me abandonaban. Llevé la mano a mi talismán en busca de protección; debía actuar de inmediato o sería demasiado tarde.
Desperté empapado en sudor, jadeante, como si aún huyera. El mismo sueño volvía a mí, cada noche más nítido, más insoportable. Antes de olvidarlas, garabateé en un papel unas letras extrañas que recordaba: parecían griegas.
Al llegar a la biblioteca donde trabajo, me esperaba un mensaje de recursos humanos.
—Lo que me faltaba —pensé.
—Jonathan, no puedes seguir dilatando tus vacaciones. Llevas años sin descansar. Se te ve agotado, ¿estás bien? —dijo la gerente de recursos humanos.
—Estoy bien… prometo organizar algo pronto —mentí.
No quería salir de vacaciones. Antes tenía sentido, porque viajaba con mi esposa; pero el divorcio había borrado todo deseo de salir de casa.
Mientras me dirigía a mi escritorio, me detuve en la sección de Grecia. Pensé que quizá allí descubriría el significado de los signos de mis sueños. No hallé respuesta, pero me envolvió la nostalgia al recordar la pasión infantil que alguna vez tuve por descifrar enigmas.
El cansancio alteraba mis horarios: me quedaba dormido antes del noticiero, mi único ritual nocturno. Despertaba exhausto, con imágenes de persecuciones, símbolos enigmáticos y, últimamente, una caravana de camellos.
Tras semanas de obsesión entendí que necesitaba airear la mente. Fui a un centro comercial y, casi por impulso, compré ropa nueva. Mi guardarropa —apenas dos trajes gastados y cinco camisas raídas, ordenados aún según el esquema que mi exesposa había impuesto— reflejaba mi vida estancada. Quizá un cambio, por mínimo que fuese, podría mover algo en mí.
Para mi asombro, la compra me resultó agradable y hasta me animé a entrar en un café. Mientras saboreaba un cappuccino, un aviso me estremeció: un viaje a Egipto. Sentí un clic fulminante. No era Grecia… era Egipto.
Volvió a mí la tristeza de aquel niño que fui, al saber de la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Quizá fue esa cicatriz la que me llevó a convertirme en bibliotecólogo. Entendí entonces que, para descifrar mi sueño, debía enfocarme. Lo que habían sido pesadillas se tornaba en la dulce ilusión de recuperar mis aficiones de la infancia… ¿y si aquellos camellos llevaban papiros?
Comencé a alargar mis noches en la oficina, sumergido en la investigación. Las cenas se trasladaron a lugares cercanos, y ya no me importaba comer solo. Poco a poco, mis rutinas empezaban a transformarse.
Ante la insistencia de recursos humanos, respondí sin detenerme a pensarlo:
—Viajaré a Egipto.
—Me alegra —contestó ella, con una ternura en la mirada que me hizo sentir comprendido—. Te he visto muy cansado y ojeroso últimamente.
En El Cairo me perdí entre bazares, mezquitas y museos. Horas enteras se esfumaban mientras contemplaba las reliquias faraónicas, fascinado como un niño frente a juguetes inalcanzables. Durante un crucero por el Nilo, descubrí grabado en algunos templos el mismo signo de mi talismán onírico. El guía lo nombró: el ojo de Horus, emblema de protección. Primer misterio resuelto.
Mi destino final fue Alejandría. La nueva biblioteca me dejó sin aliento con su arquitectura colosal. Decidí prolongar mis vacaciones dos semanas más, solo para entregarme por completo a ella. Un modelo de la antigua biblioteca me conmovió hasta las lágrimas. Cerré los ojos e imaginé sus salas, sus papiros, sus visitantes. El tiempo se desvaneció y solo volví a la realidad cuando me invitaron a salir: estaban cerrando. Camino al hotel, crucé la ciudad antigua. Algo en mí se estremeció al reconocer un edificio de mis sueños. Sentí que pisaba mis propias huellas, que contemplaba destellos de otra vida.
Esa noche me fui a la cama sin probar bocado. Sentía que flotaba en una nube, como si el destino, al fin, me regalara mis deseos más profundos.
Los jinetes me pisaban los talones; las nubes de arena que levantaban se acercaban cada vez más. Divisé una formación rocosa. Descargué apresuradamente los cestos de los camellos. Los espanté, con la esperanza de que los perseguidores se fueran tras ellos. El amanecer iluminó una grieta en la roca: allí, con el corazón desbocado, oculté mi carga.
Desperté confundido, con la sensación inequívoca de haber vivido algo real. Alquilé un carro y partí en busca de la formación rocosa. El GPS se perdió en medio de la nada. No sé cómo logré regresar al hotel, casi a la medianoche, sintiéndome derrotado.
Al día siguiente no recordé ningún sueño. Sentí un vacío hondo, como si la ilusión hubiera muerto justo cuando podía hacerse real. Aun así, contraté un taxi para continuar la búsqueda. El conductor escuchaba mi relato incrédulo, quizá divertido, aunque paciente. No hallamos nada. Esa noche decidí tomar unas cervezas en el bar.
Me encontraba en la biblioteca. Un hombre de túnica finísima me llamaba Jonsu. Me confiaba los documentos más preciados. Debía salvarlos del desastre. Los cargaba en los camellos, besaba mi talismán y huía a toda prisa.
El mesero me despertó de golpe. Me preguntó si cargaba la cuenta a la habitación.
A la mañana siguiente me despertó una voz interior: no te des por vencido. Comprendí que debía repetir el recorrido en las mismas condiciones, como Jonsu. Pensaba que un camello me guiaría por el mismo sendero que recorrió aquella noche; esas rutas milenarias, transitadas una y otra vez por sus dueños, debían estar grabadas en su instinto. La gente me miraba con extrañeza cuando preguntaba dónde alquilar uno, hasta que alguien me indicó una finca en las afueras. Tras gestos torpes y largas negociaciones, lo conseguí.
Volví con el animal hasta el punto donde comenzaban mis sueños. Esa noche avancé sonriente, rodeado de miradas curiosas. ¿Cómo explicarles que estaba emprendiendo la aventura que había deseado desde niño?, ¿acaso la de toda mi vida?
El camello, dócil y paciente, me condujo hacia el sur. Bajo un cielo sembrado de estrellas, recordé que Jonsu se orientaba con ellas, y sentí que, enlazado a su destino, también yo encontraría el camino. El amanecer me sorprendió alerta a cada detalle. Entonces vi una formación rocosa. Con la emoción latiendo en mi pecho, descendí del animal y hallé un agujero en la tierra. Me arrodillé y avancé a rastras. El aire era espeso, impregnado de un dulzor seco y antiguo. Con la luz titubeante del celular, me adentré en la exploración.
Hallé una docena de cestos intactos, colmados de papiros. Me negaba a creerlo. Me acerqué, acariciando primero la trama del tejido y luego la frágil superficie de los papiros a salvo del tiempo. Quise decirle al niño que fui que no todo se había perdido en las llamas de Alejandría, que algo se había salvado para él.
Al fondo, un bulto. Con algo de temor me arrastré hacia él. Vi unas telas raídas, luego una mano que parecía una rama seca y quebradiza y, de pronto: el talismán, rodeando el cuello de una cara momificada. El nombre me atravesó como un relámpago: Jonsu.
***
Un viejo camión se detuvo en una carretera solitaria. Bajo el sol implacable, Jonathan avanzaba tambaleante. La piel quemada. Los labios agrietados. Murmuraba palabras en un idioma extraño. La mirada: perdida en el tiempo.
Blanca Ruiz
Escritora en ciernes
magen: IA (OpenAI)