Con sus ojos, hundidos y penetrantes, murmullos en una lengua que no entendía y movimientos insonoros pegada a las paredes, mi abuela me helaba la sangre.
Había nacido en Cuba, a finales del siglo XIX. Un infarto súbito la arrancó de nuestra vida quince años atrás, pero su sombra —o su esencia— persistió, suspendida en cada rincón de la casa.

Mis bisabuelos cuidaban a los hijos de los dueños de una hacienda azucarera y ella creció a su lado. Su vida fue estable, hasta que, ya adolescentes, los “amitos” —como los llamaban— fueron enviados a Francia. Ella debía ser dejada atrás.
Al conocer la noticia, mi abuela sintió tal vacío en su corazón, que se aferró a sus padres, suplicándoles que la llevaran. Ellos, esclavos liberados, dependían de aquel oficio para subsistir. No hallaron otra salida. La dejaron sola, aunque la decisión les partiera el alma.
Sensible al dolor de mi abuela, la hija mayor tomó una muñeca de porcelana oscura que tenía vestido y zapatos de seda blanca.
—Siempre la elegías cuando jugábamos —le dijo a mi abuela—. Ya crecimos, pero quiero que te quedes con ella. No puede sustituir a tus padres, pero al menos estará contigo.
—No puedo imaginar la vida sin ellos. ¿Verdad que ustedes no se quedarán allá para siempre? —preguntó mi abuela, y su pregunta se perdió en el silencio, sin respuesta.

Felicia, una anciana venerada por sus saberes que, como mis bisabuelos, permaneció trabajando en la hacienda a cambio de techo y comida tras la liberación de los esclavos, al ver a mi abuela indefensa, decidió apoyarla enseñándole a cocinar.
Durante un tiempo, las cartas de sus padres llegaban con regularidad, trayendo noticias, cariño y felicidad. Con el tiempo fueron espaciándose. Eran cada vez más breves, más frías, hasta que cesaron por completo.
Pronto, mi abuela reemplazó a Felicia en casi todas las labores de la cocina, permitiéndole descansar por primera vez en su vida. Con cada plato preparado se alimentaba el afecto entre ellas, que llegó a ser casi filial. Cuando la anciana comprendió que no le quedaba mucho tiempo, le entregó lo más valioso que poseía: su sabiduría. Con cuentos, conjuros, curaciones y rezos, le transmitió el legado de los orishas.

Tenía treinta y tres años cuando la muerte de Felicia la dejó nuevamente a la deriva. Entonces empezaron los sueños oscuros: se veía morir sola, atrapada en una pena sin fondo. Despertaba jadeante. Incapaz de volver a conciliar el sueño, esperaba el amanecer con los ojos fijos en el techo. Intentó aplicar sus saberes para dormir en paz, pero no funcionó.
Una madrugada entendió que permanecer en la hacienda significaba condenarse a la soledad que había consumido a Felicia. Entonces juntó sus pertenencias en un hatillo, apretó la muñeca contra el pecho y, salió por el camino hacia La Habana sin mirar atrás.

Había vivido al margen de la política y la economía del país, en una burbuja que estalló al iniciar su viaje. El paisaje verde, con olor a flores y caña cortada, fue dando paso a casas torcidas rodeadas de basura, de niños con vientres hinchados y olores pestilentes. Un mundo que mi abuela jamás había imaginado.
Entró a la ciudad rendida, de noche, sin refugio ni destino. La soledad la golpeó con toda su crudeza. Se ocultó entre unas matas, hizo un mísero nido y allí esperó el amanecer.
Tocó puertas en busca de empleo, pero sin referencias y viviendo en la calle, nadie le dio una oportunidad. Muy pronto se convirtió en una indigente que dormía en plazas y sobrevivía de sobras. El frío y el hambre la dejaban cada día más exhausta, como si la ciudad la devorara.

El azar o el instinto la pusieron en medio de un bosque donde un lago rodeado de ceibas y mariposas blancas la inundó de serenidad. Un instante de paz. Se sumergió en el agua, se limpió el polvo y la miseria, y luego, extendiendo pétalos sobre la orilla, realizó un antiguo ritual de purificación.
Con una mezcla de temor y fascinación, un hombre la contemplaba desde la otra orilla. Sus movimientos: entre danza y trance mágico, lo atraparon. Se acercó y le pidió un conjuro para ganar el corazón de una mujer. Mi abuela, con voz serena y firme, le contestó:
—Nuestros destinos están entrelazados. Cuando yo tenga techo y comida, ella será tuya.
El hombre sonrió, intrigado.
—Nadie me ha hablado así jamás. Trato hecho.
Unidos por esa promesa insólita, él la condujo hasta un barco.

Al ingresar, mi abuela se estremeció ante la mirada serena de un hombre un poco mayor que ella. Su sonrisa le trajo paz.
El acompañante la condujo ante el capitán y le habló de ella. El marino, al encontrarse con su frágil figura y su mirada inocente y vulnerable, sacudió la cabeza.
—¡Vaya situación! No puedo dejarla aquí. Que coma algo y ya veremos qué hacer.
—Capitán —intervino entonces el hombre de la mirada serena—, muchas veces no doy abasto con la comida. Si esta mujer es cocinera, como dice, podría ayudarnos a bordo.
Al capitán le agradó la idea y le ofreció quedarse como parte de la tripulación, a cambio de comida y un pequeño espacio para una hamaca. Ella aceptó aliviada.

Con el paso de los días, su rutina transcurrió entre el calor de la cocina, el vaivén de su hamaca y la cercanía inevitable del cocinero —mi abuelo—, con quien empezaba a compartir silencios y miradas.
Una tormenta desató su furia. El barco se sacudía, impotente. Las olas lo inundaban. La cubierta: un caos de cuerpos y objetos. Los motores rugían como bestias heridas. Mi abuela, presa del pánico, creyó que moriría en el fondo del mar. Se abrazó al mástil rogando por su vida no con susurros, sino con alaridos.
Cuando la tormenta amainó, mi abuela estaba inmóvil, con los brazos rígidos y la mirada perdida. Al recobrar la lucidez, volvió sus ojos hacia mi abuelo y, entre sollozos y gritos, lanzó su juramento:
—¡Si salimos vivos de esta, te juro que nunca más volveré a subir a un barco!

Desembarcaron en Barranquilla con lo poco que habían logrado ahorrar. La vida en tierra fue dura: cuartos humildes, largas jornadas de trabajo, cansancio acumulado. Su ilusión: regresar a casa para abrazar sus penas bajo las cobijas.
Iniciaron un pequeño puesto de comida cubana junto a la plaza de mercado. Sus recetas parecían de otro mundo; el sabor de sus platos no era comparable con nada conocido. El negocio floreció, hasta convertirse en un sustento firme que les permitió soñar con un hijo.
Aunque la edad jugaba en su contra, mi abuela confiaba en la eficacia de sus saberes. Con hierbas, rezos y todo tipo de cuidados, a los pocos meses nació mi madre.

Jamás se desprendió de su muñeca; siempre descansó sobre su cama, limpia y purificada, como ella misma. A mis ojos, mi abuela era al mismo tiempo una sabia anciana y una niña que aún creía en la magia; esa dualidad se acentuó después de la muerte de mi abuelo.
Terminé el bachillerato a principios de los 80 y partí a Bogotá a estudiar ingeniería, pero regresé para el cumpleaños número ochenta y cinco de mi abuela. Recuerdo el escalofrío que sentí ese día, cuando tomó la mano de mi madre y dijo:
—En esta casa fui feliz. Espero que nunca te vayas. Aquí murió tu padre y moriré yo. Quédate con mi muñeca; será mi presencia en tu vida —y se desplomó, muerta.

Cuando la salud de mis padres se quebró, aceptaron mudarse a un apartamento más manejable. Me tomé unas vacaciones para ayudar con la venta de la casa y la mudanza.
La primera vez que mostré la casa, un golpe sordo retumbó en la habitación de mis padres. Creímos que era el viento derribando algún objeto, pero luego descubrí la caja de los recuerdos de la abuela en el suelo, al otro lado de la cama, con la muñeca fuera, mirándome fijamente. Guardé todo y puse la caja al fondo del armario.
Esa noche, otro estruendo nos interrumpió la cena. Mi padre fue a revisar:
—Era la caja de tu abuela. Se cayó del armario.
—Imposible —respondí—. Esta mañana también se cayó y la dejé bien atrás.
Mi madre, asustada, exclamó:
—Ni con el terremoto se cayó, ¿y ahora dos veces en un mismo día?
—Todo tiene una explicación lógica —repuso mi padre con calma.
—Ella me advirtió que no vendiera la casa. Me lo está recordando —insistió mi madre, suplicando con los ojos que yo la apoyara. Desvié la mirada.

Mi padre me pidió que me llevara la muñeca a mi apartamento. Pero esa noche, los recuerdos me asaltaron: los susurros de mi abuela, la mirada penetrante de la muñeca… y de pronto, voces bajo mi cama, que podían ser el viento, o quizá el eco de sus murmullos que aún retumbaban en mi memoria. Intenté convencerme de que era mi imaginación, pero el miedo me tuvo temblando toda la noche.
La caja se caía sin falta cada vez que mostrábamos la casa; yo dormía a ratos y solo pensar en llevarme la muñeca me provocaba náuseas.
Mi madre, desesperada y llorando, confesó que no podía traicionar a la suya. Entonces recordé una oración que mi abuela me enseñó de niña. La recité en voz alta; mi madre se unió y el rezo a dúo nos llenó de paz. Sentí un amor profundo y quise abrazarla, pero justo en ese instante… algo se cayó.
Levanté la muñeca con fuerza, miré sus ojos de porcelana y le dije en voz baja, pero firme:
—Si no dejas de joder, te llevaré a Bogotá a aguantar frío, lejos de mi mamá.

Y así, muchos años después, la muñeca descansó por fin, cremada junto a mi madre.

Blanca Ruiz
Escritora en ciernes

magen: IA (OpenAI)

LA MUÑECA