

Hacía apenas diez minutos que el salvavidas, o Caliche como lo llamaban, había advertido los bañistas que no debían sobrepasar los sitios indicados por las banderillas rojas, ni nadar más allá de las boyas que demarcan la frontera entre la diversión y el infortunio. No encontró nada que pudiera preocuparlo. Apagó el altavoz y se sentó a disfrutar el día soleado. Todo bien, todo bien, se dijo, mientras esbozaba una sonrisa de tranquilidad.
El domingo playero, como de costumbre, era un carnaval de colores de trajes de baño, aromas de pescados y mariscos, y bullicios de vendedores ambulantes que ofrecían, desde gafas raiban legítimas a cinco mil barras, hasta masajes milagrosos por lo que usted me quiera dar. Un conjunto vallenato no cesaba de volar hacia la casa en el aire o quejarse de las angustias de Jaime Molina. Luego apareció la voz de Beto Zabaleta:
La gente semidesnuda se paseaba por la arena luciendo traseros de todos los tamaños, olores y colores, con estrías o sin ellas; las mujeres del interior se enorgullecían de mostrar sus senos pecosos sostenidos por dos triangulitos de tela y dos delgadas cuerdas que anudaban en la espalda, talvez invitando a algún caballero insolente a decirles lo que querían escuchar, pero que rechazarían iracundas, en el caso poco probable de que tal deseo secreto se volviera una atroz realidad. Los ojos de las damas recorrían los cuerpos masculinos; el paneo comenzaba con el blanco lechoso de los bogotanos, seguía con el canela de los mulatos y quedaba hipnotizado en el negro azabache de los hijos de Palenque. Una mujer negra caminaba gritando blasfemias contra el dios que permitió al mar robarle a su hijo. Nadie la escuchó. Loca de mal agüero, comentaron algunos. Los hombres lucían diminutos trajes de baño multicolores que escondían, con dificultad, un pequeño bulto central que, sudoroso, trataba de salir de su prisión, sin perder la esperanza de que algunas damas lo miraran de soslayo y comentaran a alguna amiga, ¡qué envidia, a mi marido le toca bañarse en pantaloneta! Un grupo de turistas paisas tomaba aguardiente y bailaba al ritmo vallenato; les importaba un carajo que provocaran sonrisas de burla a los meseros, esos cachacos si mueven feo el esqueleto, creen que la puya se baila como si fuera una guabina.
Los niños corrían persiguiendo el agua en retirada y regresaban huyendo de la ola moribunda que quería abrazarlos; otros, los más pequeños, permanecían en la arena blanca, tratando inútilmente de construir su propio castillo de ilusiones. Entre ellos estaba Inesita, la cachaquita de siete años que había venido, desde el lejano Ibagué, a conocer el mar. Sus padres la habían embadurnado de protector solar y la habían dejado al cuidado de sus vecinos ocasionales del toldo playero, alquilado por diez mil pesos. Cuídeme la niña mientras nos damos una mojadita, dijeron papá y mamá y corrieron, entre saltos y carcajadas, hacia su primer baño de mar; era el primer contacto de sus cuerpos de treinta años con agua salada. Nadadores olímpicos, se conocieron y enamoraron, doce años atrás, en el equipo departamental que ganó alguna medalla de bronce en los juegos nacionales.
Caliche cerró los ojos y evocó la figura tierna y sensual de la muchacha que no le había permitido dormir en toda la noche. ¿Cómo podía rechazar las caricias de Micaela y dejarse derrotar por el apetito sexual, que parecía no tener límite, de la negra más deseada del barrio? «No debo dormirme», murmuró mientras se espabilaba y abría sus enormes pupilas negras, rodeadas de un blanco rojizo que delataba la pea moribunda y la resaca que apenas comenzaba. Recorrió la playa con los binóculos y escrutó el trozo de mar que estaba bajo su cuidado, hasta cuando observó a una pareja que nadaba más allá del límite autorizado. El blanco lechoso de la piel y la forma de nadar le hicieron pensar que se trataba de turistas del interior. «¡Mierda! ¿Qué hacen esos cachacos nadando hacia mar adentro? ¿Creen que están en una piscina?», se preguntó inquieto y se levantó de un salto.
—¡Oigan, devuélvanse! ¡Con el mar no se juega, se pueden ahogar! —gritó con zozobra creciente. Soltó los catalejos, hizo sonar el pito y bajó corriendo de la plataforma. Los nadadores parecían no hacer caso o no haberlo escuchado. Transcurridos unos segundos, Caliche se dio cuenta de que estaban en apuros cuando oyó sus gritos y vio que levantaban los brazos y se sumergían en forma irregular. Volvió a gritar:
—¡Aguanten! ¡No se desesperen! ¡Voy por ustedes!
El cuerpo atlético del salvavidas atravesó la playa a toda velocidad, tiró el megáfono a la arena, se zambulló y nadó hacia los bañistas, mientras en la playa una muchacha rubia, con cuerpo de Afrodita y cara de lechuza, propinaba una sonora cachetada —pa que aprenda a respetar— a un mulato que se atrevió a manosear su prominente fundillo, embadurnado de sudor, arena y aceite de coco. El insolente, con una sonrisa maliciosa, se sobó la mejilla y se alejó cantando al son de Beto Zabaleta: «Acércate hacia mí sé más amable //Abrázame mujer pa que se acabe // El tormento fatal que dentro tengo»…
La pareja, al escuchar los gritos de Caliche, trató de devolverse, pero una ola de gran tamaño los empujó hacia abajo y una corriente los separó. Lograron salir a la superficie en tres ocasiones. Vino un gigantesco golpe de agua que sumergió al hombre para siempre, mientras que la mujer, nadando con frenesí, logró mantenerse a flote agitando los brazos y tratando en vano de gritar. Después de varios minutos, sin fuerzas para continuar luchando, bajó los brazos, y se encomendó a Dios. En ese momento, Caliche apareció a su lado. Le dijo que debía estar tranquila y quedarse quieta para poder llevarla hacia la playa. La mujer se aferró al cuello del salvavidas. Éste, de un tirón, le soltó los brazos al tiempo que le gritó: «¡Suélteme, o nos ahogamos los dos!». Otra ola los golpeó, los separó y los sumergió. Sin perder la calma, Caliche buceó hasta la figura difusa de la mujer y la agarró por el cabello; con rápidos movimientos del brazo derecho y de sus piernas, después de medio minuto de lucha, salió a la superficie. La mujer estaba inconsciente. Caliche le dio vuelta para acomodarla, rodeó su cuello con el brazo izquierdo y comenzó a nadar. Haciendo un último esfuerzo, la remolcó durante interminables cinco minutos hasta alcanzar la playa. Exhausto, levantó la vista. Un grupo de gente gritaba y bailaba al son carnavalesco de Joe Arroyo:
Pidió ayuda. El grito de Caliche hizo que el bullicio del carnaval se enmudeciera, como si la playa multicolor se hubiera convertido en un cementerio azotado por una llovizna gris y fría, capaz de paralizar al gentío, que ahora era un tumulto de zombis incapaces de acudir en su ayuda. Caliche arrastró el cuerpo inánime y lo acomodó boca arriba sobre la arena. Trató de revivirla con golpes y masajes al corazón acompañados de respiración boca a boca. Desesperado, gritó varias veces pidiendo el equipo de resucitación, que nunca apareció.
Un grupo de curiosos se fue reuniendo alrededor de la escena. Observaban impávidos y se limitaban a hacer comentarios en voz baja. «Cipote vaina. Siempre pasa esto, los cachacos creen que están en una piscina», susurró un mulato cuarentón al oído de la mujer rubia que lo acompañaba. «¿Cómo es posible que la gente se meta mar adentro? El mar no perdona, eso les pasa por irresponsables, no es culpa del salvavidas», rezongó un joven que lucía una gruesa cadena de oro y cargaba un plato de pescado frito con patacones.
Surgió la voz destemplada de un borracho quien, con un vaso de whisky en la mano, criticó e insultó a Caliche, culpándolo de lo sucedido. En ese momento, una niña de siete años se acercó corriendo y se lanzó sobre el cuerpo de la mujer.
—¿Qué pasa, mamita? ¡Despierta! ¿Dónde está mi papá? ¿Por qué no te mueves? —preguntaba llorando a todo grito, mientras golpeaba con los puños el pecho del cadáver.
Caliche no pudo evitar algunas lágrimas. No sabía qué hacer ni qué decir. Comenzó a pitar pidiendo auxilio. El círculo a su alrededor continuaba cuchicheando en voz baja. El borracho se encogió de hombros y, con la lengua empelotada, balbuceó:
—¡Qué fastidio! ¿Por qué no callan a esa mocosa?
El salvavidas se puso de pies, lanzó una mirada asesina al borracho y lo amenazó con el puño. Con ojos de mascota regañada, el aludido soltó el vaso, dio media vuelta y se alejó trastabillando.
La niña continuaba llorando desconsolada. Caliche se agachó y, con mucha delicadeza, la desprendió del cuerpo de su madre, la levantó, la abrazó y colocó la carita contra su hombro. «Cálmate, linda…», le dijo con mucha ternura. Alguien tapó con una toalla el cuerpo de la mujer…
El llanto de Inesita se fue desvaneciendo con el tumbo del mar. El baturrillo de la gente volvió a desbordarse: ostras, arepehuevo, carimañolas, cerveza fría, pescado frito… La loca de mal agüero continuó con el lamento por la ausencia de su hijo. Su voz se unió a la del picó que llenó el espacio con el Gran Combo de Puerto Rico:
Humberto Betancourt
Imagen generada con Gemini
QUE SIGA EL FANDANGO
[…] Sigo soportando la tragedia
Que la vida tiene para mí
Y sigo viviendo la comedia […]
…] Cómo se menea la flor de azucena:
así se menea la mujer de Cartagena.
[…] Cómo se menea la mar a su vela:
así se menea la mujer de Venezuela.
Vamos a seguir bailando
vamos a seguir contentos
y sigamos vacilando
vamos a seguir en esto
porque un día de estos...(...)

