Las raíces: origen; el tronco: estructura; las ramas: experiencia; las hojas y las flores: alegría y cuando se secan, tristeza y abono.

Juan de María es taciturno y solitario, pensador en exceso, profundo sin remedio. Vive en la floresta, a sana distancia de los poblados donde se encuentran sus clientes; en una casa rodeada por un bosque de abedules, un camino de cerezos y una huerta de hortalizas y frutas que se encuentran en un invernadero construido por él.

Vive solo, poco le gusta salir y distraerse de sus actividades. Sus padres y abuelos partieron hace años, no tuvo hermanos; algunos familiares no muy cercanos lo visitan raras veces, lo cual agradece.

Su tarea principal es la herrería. Hace maravillas con el fierro, desde utensilios básicos para la casa, cocina, chimenea; hasta herrajes de puertas y ventanas o para rodear y asegurar las propiedades. Es un artesano que no se conforma con realizar los pedidos hasta hacerlos funcionales. También los hace hermosos.

Y mientras trabaja el fierro, piensa y piensa en los árboles; los observa e incluso se comunica con ellos sin importar si lo escuchan, sabiendo que ahí están y estarán para él, que son uno con él sus árboles, los siente suyos y se siente de ellos. Y en ese ir y venir de partículas energéticas, propicia su expansión y a la vuelta tiene su respuesta etérea.

Piensa en el origen, sabiendo que es en las raíces de sus amigos donde se encuentran y en su caso, en sus ancestros que alguna vez habitaron aquella tierra y a quienes recuerda; empezando por sus padres, seguido de sus abuelos, los cuatro desde cuando era pequeño, las dos hasta ya más grandecito. Ellos, ambos herreros, enseñaron el oficio a su padre, de quien fue aprendiz. Ellas, cultivaban la hortaliza, preparaban alimentos de autoconsumo, medicinas y conservas para la venta y deleite de los lugareños. También fueron sus maestras por lo que continua con la tradición familiar.

«¿Será que todo acabe en él?», se pregunta… hace mucho que no mira a la María; no la de su nombre, la de su corazón, no le ha dado el sí, y están tan escasas las mujeres en su vida de ermitaño, que cree que es difícil que llegue otra y sobre todo, que él sea capaz de quererla más que a la que ya quiere.

La María cuando niña acudía a la casa del Juan de María a aprender de las y los abuelos y de sus padres, a jugar con él, a disfrutar del paisaje y el aire libre. En su casa había poco quehacer, su madre solía ser taciturna y malhumorada, así hacía lo que tenía que hacer para sobrevivir, sin inmutarse de lo que la rodeaba. Su padre bebía de más y hablaba lo menos; llevaba el sustento que obtenía de un sueldo mínimo en el correo, terminaba sus tareas a buena hora y se iba a la taberna a atolondrarse. Su madre apesadumbrada, su padre casi invisible, poco le prestaban atención. Apenas pudo moverse salía de su casa y no le faltaba el cariño de los vecinos que se percataban de sus circunstancias. El escaso cuidado que le prestaban sus padres, le daba libertad para ir y venir a lo de Juan de María, donde permanecía largas horas y se olvidaba de sus padres, su familia estaba en la floresta.

Hacía mucho que la María no visitaba al Juan de María, había andado lejos de los montes que los habían unido cuando niños y adolescentes. Se alejó de sus padres, lo que veía en ellos no la hacía feliz; había conocido diversas maneras de hacer la vida, pero en su memoria guardaba su retozar entre los abedules y los cerezos, los conocimientos adquiridos y la paz que todo eso le daba.

Mientras trabaja, Juan de María les platica a sus árboles sobre los males del corazón; les dice con cariño que él sabe que se alivian un poco con las distracciones llenas de lo que quieras. Les dice que las suyas son ellos, su huerta y su trabajo de herrero y cocinero. Por eso se llena de sus cosas y en ratos se olvida de la María, que un día, cuando menos lo piensa, cuando menos se lo imagina, ya que está ensimismado en sus quehaceres; se aparece y así sin más: le da el sí, ese que tanto añoraba.

Mirándolo trabajar le dice tranquila:

—Mira Juan de María… lo estuve pensando, porque estas cosas hay que pensarlas bien, con sosiego, y me las pensé requetebién. Te digo que sí… porque eres trabajador, porque te gustan las plantas, porque le pones empeño a lo que haces y te ves contento haciéndolo.

Juan de María, mirándola piensa: «y a qué hora tuvo ocasión de mirarme tanto, si hace tiempo que no nos vemos», aunque no se lo dice, solo la escucha.

—Y ansina Juan de María, por todo eso y porque te quiero rete harto, sí quiero que me digan la María del Juan y a ti el Juan de la María.

Así se decidió su vida juntos, en la floresta, la casa con el taller, rodeados de abedules, cerezos, plantas y montes y más montes. La familia creció con Juanitos y Mariquitas que a la vez que jugaban, peleaban, correteaban, ayudaban, aprendían e iban a la escuela que quedaba a varios montes de ahí.

Las actividades de los chamacos y las chamacas eran las de la María y su Juan, que antes fueron de sus abuelas y abuelos. Observaban y se nutrían de la energía de la naturaleza que los rodeaba acompañándolos; pero sobre todo, de la vida amorosa y los valores de sus padres, que les brindaban el alimento del alma.

Las raíces siguieron creciendo, el tronco se fortaleció, las ramas se alargaron y multiplicaron, las flores y las hojas trajeron muchas alegrías y cuando se secaron, fueron abono y nutrieron nuevas raices.

Jatzibe Castro

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LA MARÍA DEL JUAN DE MARÍA