Ella, desde pequeña estudiosa, con un sueño claro en su mente y aun sin saber si sería posible, cada vez que podía reiteraba a sus padres: —Quiero estudiar algo que tenga que ver con el todo de cada cosa, aunque no se vea y no lo entendamos. —Era en extremo observadora de su entorno inmediato y del contexto en que vivía.

—Cuando termines la preparatoria te irás a estudiar lo que tú quieras hija, busca lo que te llama y encuéntralo. —Sus padres no acababan de entenderla, sin embargo la apoyaban e impulsaban.

Mientras el tiempo transcurría, en las vacaciones ella solía acompañar a su padre a su trabajo en pueblos cercanos y lejanos. Así pasó parte de su infancia correteando con los chiquillos en las calles, riendo y gozando en todo rato.

Entre los niños con quienes jugaba, había uno que le llenaba el ojo y la llamaba Betty con ternura especial y la mirada de sus ojos chiquitos y brillantes, que veía más allá de lo aparente; a ella, algo desde su esencia la llamaba cuando lo percibía cerca, era algo aun indescifrable.

Así pasaron los meses y los años, concurrencias esporádicas, jugueteos y charlas que, sin saber las razones, les daban certezas aún incomprensibles. El último de sus encuentros desde su ser niños y sin saberlo, fue especial. Al pie de un árbol de tamarindo entre los muchos verdes que moraban en el jardín de la casa en que él habitaba, le habló, tan serio como pudo, con sus palabras infantiles:

—No me gusta hacer siempre lo mismo: surcar la tierra, sembrar y cosechar la milpa, correr de acá para allá tras los becerros, decapitar gallinas y cortar las limas a la orden de mi madre y para la comida. Quiero irme de acá, llegar muy lejos e inventarme la vida de otras formas. —Fueron palabras destartaladas que, en aquel entonces, parecían no tener mucho sentido, pero que a ella se le quedaron grabadas para siempre.

Ella siguió estudiando y con los libros y las enseñanzas de los maestros y maestras, fue desplegando cada vez más su curiosidad, despertando aún más sus ansias por saber. Un día de pronto, en el laboratorio de la clase de química, supo lo que quería cuando escuchó a la maestra referir: la química está en todo.

Llegó el momento de irse a la ciudad grande a iniciar su formación universitaria. No fueron pocos los pasos a seguir para por fin entrar a una de las instituciones más prestigiosas de aquel entonces: la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Mas su tenacidad la llevó de la mano a donde quería llegar. Fue en extremo dichosa en las aulas y los laboratorios, en el camino de empaparse de todo el conocimiento que pudo, hasta que concluyó la carrera de Química, Bióloga y Parasitóloga.

Él, por su parte, demasiado alejado de lo que ella hacía y de dónde estaba, salió al mundo sin saber aún lo qué buscaba. Era un niño avispado que se atrevió a pedirle a su maestro más tareas de las que ya le daba. Así fue aprendiendo a apoyar a sus compañeros y después a enseñar a otros niños, con la ayuda de su mentor y la certificación correspondiente, se convirtió en maestro rural. Le tocó ir a uno de los pueblos más alejados, uno al que nadie se animó a ir, por lejano, triste y pobre.

Después de días de camino, bajo el sol inclemente y la luna gentil como compañeros, llegó cansado, sediento y con hambre; encontró niños y niñas poco más chicos que él con quienes emprendió su tarea compartiéndoles su incipiente sabiduría. Como suele pasar, la gente de esos pueblos a donde pocos llegan, es generosa, agradecida y espléndida. Las madres de sus alumnos lo atendían con el gusto de saber que sus chiquillos disfrutaban de su compañía, aprendiendo cosas que les abrían senderos aún desconocidos.

Al conocer aquel lugar, lejos de la protección de sus padres y de la faena cotidiana, se percató de que le gustaba descubrir nuevos rumbos, hablar con sus paisanos, compartir inquietudes y ganarse los recursos que le brindarían la posibilidad de volar cada vez más lejos. Hasta que un día… su paga no llegó, semana tras semana, hasta uno y dos meses. Indagó las razones desde el lugar aquel, alejado de todo, sin respuesta efectiva. Partió desde lo más cercano hasta lo más remoto que conocía hasta entonces y al no encontrar respuesta favorable, supo que habría que aventurarse más allá de las fronteras seguras. Se embarcó en la empresa y en un barco; debía cruzar los mares que le llevarían hasta donde aún debía seguir viajando, cruzando pueblos y más pueblos hasta la gran ciudad.

En altamar le tocó presenciar una partida de ajedrez entre adultos trajeados, entre los cuales le dijeron que estaba el secretario de educación. Averiguó quien era, se sentó a su lado y al observar la partida y percatarse de que su siguiente movimiento estaba errado, le dio un codazo, haciéndole reflexionar sobre la jugada y rectificar su decisión. Ganó, volteó a ver a aquel chamaco atrevido:

—Y tú, ¿cómo te llamas?
—Soy Ernesto señor.
—Eres audaz Ernesto, ¿quién te enseñó a jugar?
—Mi padre.
—Si te interesa, te espero en mi oficina.

Siguió su instinto buscador, llegó sin pocos retos a la gran ciudad donde apreció con entusiasmo lo que se le plantaba enfrente. Sorteó desafío tras desafío, caminó y caminó, preguntó y preguntó, hasta que un día cruzó la puerta grande y con tenacidad y valentía llegó a las oficinas de aquel señor del barco a quien asesoró en el juego.

—¿Qué andas haciendo por acá muchacho? — El secretario lo reconoció de inmediato.
—Usted me dijo que lo buscara y aquí me tiene, encontrándolo.
—Para que soy bueno, tú dirás.

Pensó con calma su siguiente jugada: será que si le digo lo del sueldo, solo consigo que me paguen y tengo que volver. Yo no quiero volver, me gusta esta ciudad, con todo y sus enredos, se necesita afán para vivirla, se necesita lo que tengo; debo atreverme a más.

—Quiero trabajar en algo interesante, no quiero regresar a mi pueblo, quiero buscarme la vida haciendo más que lo que hago allá, que no me llena las ganas de vivir.
—El que busca encuentra jovencito y tú has buscado con ahínco.
—Sí señor, aunque no sé aún qué busco, estoy dispuesto al trabajo, a batallarle a diario, a aprender lo que haya que aprender.
—Empezarás como mi ayudante e iremos viendo.

En los patios de la Secretaría de Educación, llenos de paz a la vez que gente buscando becas para sus hijos o soluciones a sus trifulcas escolares; ambos tratando de encontrar los caminos que les siguieran dando rumbo a sus vidas, y cuando menos lo imaginaban, se vieron a lo lejos, tardaron unos segundos en reconocerse y apreciaron sin saber, que el hilo rojo —ese de la leyenda legendaria, transparente, sutil e indestructible; ese que se conecta desde la arteria cubital hasta el corazón y aunque se enrede, conflictúe o complejice, nunca se rompe— los hizo reencontrarse.

Ernesto la vio hecha una mujer siendo él un hombre. Betty supo que aquel muchacho era el mismo del que se despidió hacía años, debajo del tamarindo, entre lo verde. Sus miradas se encontraron nuevamente, lejos de su infancia, lejos de los juegos y los años que pasaron más pronto que tarde sin que se dieran cuenta. Al reconocerse, la alegría fue de esencia, la alegría fue profunda. Supieron en sus adentros que, aunque fortuito en apariencia, era más bien destino, se sabían camino reencontrado, se sabían refugio de sus penas, se sabían futuro y bendiciones.

Aun con sus sapiencias, después de compartirse su trayecto, sus afanes y sueños desvelados, emprendieron por rutas diferentes. Ella en el estudio de avanzada y la curiosidad recompensada; y él escudriñando el más allá de las fronteras encontradas hasta entonces. Ambos con la certeza más que clara, de que querían su unión, con comunión y todo.

Lo que siguió fue arduo, tiempos de incertidumbre, lejanía, desafíos para los dos, cada cual por su lado; y sin embargo, ciertos de que su unión los esperaba, sin importar el lapso que implicara, sin importarles nada. La ilusión del reencuentro nutría todos sus días, motivaba las cartas que escribían e iban y venían. Ella en la ciudad grande, él en el país vecino. Ella con mucho empeño estudiando, él con afán trabajando aún con lo duro y lo tupido de cada faena; con malos tratos muchas veces, que sorteó con empeño y entereza, la dignidad primero, perseverancia luego, y después beneficios que enriquecían cada día un poco más la esperanza.

Así por carta sellaron su destino, establecieron fecha, labraron el camino cada cual desde el tiempo y lugar en donde estaban. Recorrieron fronteras, remontaron los montes y montañas, surcaron los mares y los ríos, se abrieron paso entre las lomas y espesuras, sin importar lo que hubiera que hacer, allí estarían, allí estuvieron.

Más allá del altar, los unió el hilo rojo, los unió el infinito, los unió la ilusión, esa que da certeza desde lo más profundo, esa que no se ve, esa de la que no se sabe el origen, esa que solo está y ante la cual, no hay más que hacer, que hacer la vida juntos.

Jatzibe Castro
Imagen: Pixaby intervenida por JatzibeCM

EL HILO ROJO

Eran los principios del siglo XX, en un rincón entre lo rural y lo urbano de Yucatán,
cuando dio inicio la historia de amor que viene aquí adelante
y dedico a mi amiga Cecilia y sus hermanos.exto aquí...