Cada mañana tengo el privilegio de apreciar el amanecer y la diversidad de tonos que nos regala lo que le sigue al horizonte. A veces, como hoy, el cielo parece trite, pero no de esa tristeza que se torna gris y apenas brilla, como la de algunos días de invierno que amanecen opacos, con tonos tenues y brumosos que ocultan la alegría. La realidad de hoy es que, aunque parezca triste, el reflejo del horizonte es de un naranja sutil, con fulgores amarillos y rosados, que me dieron sosiego.

Algunas otras mañanas siento que la alegría del despertar atraviesa la ventana, con ese naranja rojizo, indiscreto y apasionado que sorprende a la vista incluso antes de abrir los ojos, y cuando los abro, dejo que esa pasión invada mi tempranera mañana en forma de círculo fluorescente que maravilla al alma con luminiscencia que no lastima ni se deja capturar. El sol dice sin decir: soy solo para ti, tus ojos son los depositarios del regalo que te brindo, con instantes de vehemente luz que da energía.

En ocasiones, las nubes se ponen de acuerdo con el sol e irradian armonía confeccionada entre rojos, naranjas, rosas y violetas, que mágicamente colorean las nubes esponjadas, alargadas, aborregadas, o como sea, e invitan a un día multifacético, aunque después de apreciar el espectáculo solo te deje sus fulgores que perdurarán en tu interior, como empuje inconsciente.

Ya ni decir de las mañanas que son blancas, blancas, blancas, esas que sientes que las nubes invadirán tu casa, entrarán transparentes por la ventana y te devorarán porque tienen ganas de abarcar sin tocar, solo estando. Esas mañanas en que la neblina no deja ver el amanecer, me hipnotizan, el amanecer es ella y la dejo que avance y me robe los colores que no se pueden ver porque avasalla, blanca, blanca, blanca, hasta que se esfuma sin sentirlo, solo sabiéndolo.

Hay las mañanas que son tormenta, en las que se forma un horizonte por encima del verdadero y parece que se lo va a tragar, esas amanecidas son gris oscuro, con azul y blanco tenues, que forman un alto contraste. Cuando sucede, sabes que el día será lluvioso desde la mañana que no despunta, las nubes no lo permiten y, en cambio, callan al sol, que no se deja ver. Esas mañanas pueden convertirse en grandes días soleados, cuando el sol por fin gana la batalla a las nubes y resplandece, aunque luego pierda la ocasión de seguir alumbrando y ya no le importe ocultarse y dejar que las nubes invadan las tardes y dejen caer agua, más o menos enfurecida.

Esas mañanas también pueden quedarse opacas y lluviosas hasta que terminen y se vuelvan tardes y noches en que el sol no gana y sí las nubes cargadas de agua y resplandores que son el enojo del sol porque no lo dejaron mostrarse y se vuelve rayos, truenos y centellas que apenas muestran su furia en instantes y se van o perduran.

Los amaneceres son momentos que existen con infinitas posibilidades de color y forma, que solo regresan al atardecer, igualmente potentes, con infinitas posibilidades de forma y color que brindan el gran espectáculo de la coloración del firmamento.

No siempre estamos conscientes de ese acompañamiento en nuestra vida, pero esa inconsciencia es lo de menos, los amaneceres y los atardeceres existen más allá de que los apreciemos. Ellos existen independientes de ti, en ti está dejarte seducir por esos instantes llenos de energía o desdeñarlos.

Ante esos espectáculos, investigué un poco buscando explicación más allá de las sensaciones que causan y encontré que la Nasa[1] dice que la luz viaja en olas que interactúan con la atmósfera, olas largas y cortas que determinan las posibilidades de color. Las olas largas producen los colores cálidos, como el rojo, el naranja y el amarillo y las olas cortas producen el color azul en todos sus tonos. Cuando las olas largas se combinan con las cortas, aparecen las inagotables maneras de forma y color que podemos, o no, apreciar día con día, tarde con tarde e incluso noche a noche, aunque en las noches las olas cortas predominan y como el sol anda del otro lado de la tierra, el azul que producen es oscuro.

Aprovechándome de lo que dice la Nasa, me doy permiso de decir que, los que no tenemos mar a la vista, en el cielo podemos tener un mar multifacético. En ese mar hay olas como en el otro, pero esas olas se aprecian en colores y formas porque les ayudan las nubes, que son agua condensada, pero al fin agua, como la del legítimo mar. Luego entonces, el mar del cielo que nos acompaña a todos en cualquier parte que estemos, tiene olas y tiene agua, y no podría existir, como nosotros, sin el sol.

Imagina que el cielo y sus esplendores es el mar que todos tenemos el privilegio de ver y tener al alcance en nuestro mirar.

Jatzibe Castro

Imagen superior: https://www.lavanguardia.com/participacion/las-fotos-de-los-lectores/20200306/473979198734/amanecer-sabadell-colores-cielo-nasa.html
Imagen inferior: Autora

A LA VISTA, EL MAR