Esa noche la luna en forma de uña apenas brillaba en un cielo oscuro que mostraba solo una estrella, cuando Lucía salía de su casa con dos maletas en las que llevaba sus principales pertenencias. Ella sabía que Adriano la esperaba en el lugar acordado, mas no sabía lo que ocurriría antes de encontrarse.
A unas cuadras de ahí, la calle iluminada apenas por un farol, la luna uña y su acompañante estrella, eran testigos de la decisión que movía los pasos de Adriano hacia el encuentro con Lucía, cuando un gato negro se cruzó veloz a unos pasos de él, que apenas percibió el movimiento se sobresaltó, olvidando al instante lo sucedido. Estaba ensimismado rumiando lo que le esperaba. Llegó al lugar de la cita antes de lo esperado, Lucía no tardaría.
Mientras, Lucía caminaba sin pausa ni prisa; sabía que tenía tiempo aún para recorrer el camino trazado que la llevaría a sus brazos, esta vez liberados de las objeciones que sus padres habían impuesto a su relación.
Los padres de Lucía desdeñaban a Adriano por su color de piel, su sencilla ocupación y su condición económica, alejada de sus amplias expectativas; aun cuando sabían que pronto se titularía como ingeniero. La madre era quien más se aferraba a que su hija terminara con esa relación, por lo que discutía seguido con ella. Lucía estaba harta de las intromisiones de su madre y lo peor era que su padre, aunque no estaba en total acuerdo con su esposa, no se atrevía a contradecirla.
La pareja se había encontrado por primera vez en el jardín del arte, admirando la misma obra que proyectaba la imagen de un jardín similar al que sus pies pisaban. Los árboles que veían en la pintura, los rodeaban; un crepúsculo similar al que iluminaba la imagen, brillaba a su alrededor, cuando de pronto, sorprendidos apreciaron que la pareja que se encontraba en medio de aquel paraje virtual, eran ellos. Se voltearon a ver y se sonrieron. Al mirarse comprendieron, sin decirlo, que el espacio y el tiempo los había unido y que una creadora visionaria había captado las señales del universo, sin saberlo. Algo que no vieron, allá en el fondo, entre los árboles, fue el amarillo de los ojos de un gato negro que se distinguía apenas en la alfombra de prado oscuro extendida bajo los troncos.
Después de aquel encuentro fortuito, vinieron más, acordados y acomodados entre sus cotidianos. Charlas largas y nutridas, temas comunes y miradas profundas les iban mostrando su afinidad sin turbación, con liviandad.
Los padres de Adriano conocieron a Lucía cuando la invitó al festejo de su hermana. Ahí se dieron cuenta del encanto que provocaba en su hijo aquella muchacha vivaracha y delicada. También percibieron la diferencia de clase que, en medio de sus complejos, llevaría a su descontento. En este caso, era el padre quien intervenía constante ante su hijo sobre las diferencias que, según él, provocarían problemas en el futuro de esa relación. Adriano intentaba no hacer mucho caso e incluso pedía a su madre que intercediera por ellos, ante lo cual la señora hacía poco caso; a fin de cuentas ella tampoco estaba de acuerdo con esa pareja.
Después de un año de estira y afloja, de obstáculos constantes y ambientes adversos, conscientes de las disconformidades de sus padres y teniendo claros sus sentimientos y convicciones, aunado a que pronto terminarían sus estudios, decidieron vivir juntos y avanzar en la construcción de su vida en pareja.
Hechicera, llamaban a la pintora que no sabía de dónde le llegaba la inspiración. Solo le llegaba, y las consecuencias siempre eran las mismas. Atraía, sin claridad del por qué, las historias de quienes verían su obra, y desde el principio hasta el final sucedía todo como estaba en su mente en los momentos creativos. Ese era el empuje indudable de su éxito, ¡y cómo vendía!
Así fue que Lucía y Adriano regresaron por el cuadro después de varias visitas que hicieron al jardín, cada vez más compenetrados. La Hechicera lo sabía y sabía también que el felino oculto formaba parte de su historia. Al entregarles la pintura les dijo que en el cuadro había un detalle que debían tener presente en el futuro, a lo que la pareja prestó nulo cuidado en medio de su enamoramiento.
El día del primer encuentro de la pareja, sin que ellos lo percibieran, apareció en sus vidas el poseedor de los ojos amarillos. Entonces era un cachorro que había sido abandonado en el jardín por los dueños de su madre, luego de que se vieron superados por la gran prole que significaban diez crías en un solo parto. Los primeros días de su libertad solitaria el gatito sufría de temor ante cualquier movimiento o sonido que se le presentaba. Su mejor guarida se encontraba en las copas de los árboles que le ocultaban de los humanos y los perros que seguido rondaban por aquellos parajes.
El día que Lucía y Adriano compraron el cuadro, llamaron la atención al felino y empezó a seguirlos, sigiloso, sin pretensión de llamar su atención. Algunos días se quedaba cerca de la casa de Lucía, otros, seguía a Adriano y se guarecía por los alrededores. Conocía ambas ubicaciones e iba y venía de una a la otra, en medio de las aventuras que emprendía para sobrevivir.
El día acordado para huir juntos, el minino andaba por la casa de Adriano. En su afán por acompañarlo se cruzó delante de él, quien lo miró por primera vez y se sintió atraído por sus ojos amarillos, su negrura y lo esponjado de su pelaje. Como si supiera lo que sucedería, el felino se adelantó y enfiló hacia la casa de Lucía; al verla salir y caminar sin pausa ni prisa la siguió sigiloso.
La madre de Lucía intuía que algo pasaba con su hija, durante los últimos días la había sentido más cercana que de costumbre; estuvo atenta a sus movimientos y después de que se despidieron, al asomarse por la ventana pensativa, se dio cuenta de que llevaba dos maletas: la de costumbre y una más grande. Le había dicho que iría al cine con Adriano, y entonces pensó: ¿por qué dos maletas?
El gato caminaba cercano a Lucía sin ser visto, cuando ella percibió que alguien la seguía y al voltear vio a su madre y por primera vez, los ojos amarillos, cuyas pupilas se dilataron al máximo al sentir que sus miradas se encontraban. La madre alcanzó a su hija y preguntó imperativa:
– Lucía, ¿Qué crees que estás haciendo? ¿A dónde crees que vas con esas maletas?
Al saberse descubierta, Lucía enfrentó a su madre:
– No soporto más su negativa a aceptar a Adriano y los malos tratos que constantemente le propinan tu y mi padre. Me voy a vivir con él.
La madre se escandalizó ante la respuesta de su hija, incluso estuvo a punto de golpearla. Ninguna de las dos se percataba de que el gato las observaba atento. Al momento en que la señora alzó el brazo con intención de violentar a su hija, el felino se abalanzó hacia ella propinándole un fuerte rasguño en uno de los brazos y maullando con estrépito. Ambas se asustaron mucho, la madre se tocaba el brazo y gritaba escandalizada, Lucía, atónita se preocupó por su madre a la vez que se extrañaba de la intervención de su defensor.
Hubo gritos y lágrimas, la discusión llegó a un nivel insoportable para la madre, que terminó regresando a su casa; la hija, después de percatarse de que su reticencia era insalvable y de que la herida solo era un rasguño superficial, recapituló y sintió una furia intensa ante la agresión desmedida de aquella mujer que, llena de prejuicios había rebasado un límite que no estaba dispuesta a tolerar.
Cuando estuvo más tranquila continuó su camino y buscó a su protector, quien desde una distancia prudente, marchaba cauteloso detrás de ella. Poniéndose en cuclillas llamó al gato, le extendió la mano y, cuando estuvo a su alcance, le acarició la cabecita.
–Negrito bonito, ¿cómo fue que me protegiste de mi madre? ¡Gracias!
Desde aquel momento, al sentirse descubierto y apreciado, el gato se acercó con confianza para mostrar su cariño a Lucía, quien avanzaba hacia el destino que había elegido, ahora con un compañero más en su vida.
Adriano vio venir a Lucía seguida por el gato negro de ojos amarillos, era un hermoso animal que caminaba ufano detrás de ella. Después de abrazarse y besarse emocionados por el paso que estaban a punto de dar, Lucía contó a Adriano lo sucedido, quien refirió a su vez sobre el fuerte enfrentamiento que tuvo con su padre al decirle que se irían a vivir juntos. También le contó que había visto al felino cruzarse varias veces en su camino y que le había llamado la atención su prestancia.
Negrito los acompañó hasta su nueva morada, un pequeño apartamento que habían rentado hacía unos meses y amueblado poco a poco con sencillez y buen gusto. Allí tenían, en un lugar especial, el cuadro que los había unido. Fue hasta ese día en que, emocionados, tranquilos y dispuestos a brindar por el inicio de su vida juntos, apreciando el bosque, descubrieron los ojos amarillos que los observaban. Al voltear a ver a Negrito, recordaron y comprendieron las palabras de la Hechicera cuando les refirió el detalle dentro del cuadro.
Jatzibe Castro
AQUELLA NOCHE

