La muerte la sorprendió por primera vez a sus nueve años, aquel día que, sin entender por qué, vio a sus padres vestidos de muy oscuro, con caras tristes y volviendo de quien sabe dónde, después de haberlos dejado durante toda una mañana de domingo con una amiga muy querida. Notaba el ambiente raro y a la amiga especialmente cuidadosa con ellos.

Rememoró los días previos, cuando sus papás anduvieron meditabundos y ausentes en más momentos que de costumbre, especialmente su mamá, y cuando el abuelo, unas semanas antes durante la visita del domingo y, viendo el cuento de Cachirulo, se había quedado dormido en el sillón, lo cual era extraño, ya que siempre los acompañaba emocionado durante las aventuras de aquellos personajes que los transportaban a un mundo mágico de aventuras llenas de luchas entre el bien y el mal, en las que siempre ganaba el bien.

Aquel día de los trajes oscuros, sabía también que el abuelo había estado enfermo y que no lo había visto durante dos fines de semana, por ello, dadas las circunstancias de la llegada de sus padres, y algo que le hablaba desde su interior, les preguntó: ¿dónde está mi abuelo? Y la respuesta fue tan contundente como inentendible: se fue al cielo.

¿El cielo? la escasa información que tenía de religión la hacía pensar en que la gente se va al cielo cuando muere, pero ¿qué era la muerte?... ¿Qué era ese extraño hecho que se aproximaba a su existencia?

Los días, semanas y meses siguientes su abuela vivió en su casa, la veía a veces triste, otras aún más triste y en ocasiones casi normal, platicaba mucho con su otra abuela y captaba que eso se debía a la ausencia del abuelo, al que no volvió a ver más que en sueños. Muchos sueños, en los que se encontraba con él a hurtadillas en el baño de su departamento, donde había un escondite atrás de la lavadora, de donde él salía para decirle que, aunque ya no estuviera como antes, siempre estaba con ella, la acompañaba y cuidaba, y que cuando quisiera platicar con él, ahí estaría.

Las cosas habían cambiado, la tristeza rondaba en el espacio, escuchaba conversaciones de los adultos evocando al abuelo, los veía cabizbajos y a veces llorando, y lo peor de todo, el abuelo no aparecía en su vida como antes, ya no viajaban con él y su abuela, ya no se reunían a ver los cuentos de Cachirulo. Ella lo extrañaba, aunque algo la tranquilizaban aquellas visitas en los momentos en que los sueños lo hacían presente. De a poco entendió que la muerte es cuando ya no vuelves a ver a alguien y a todos les da mucha tristeza.

A sus 16 años volvió a llegar. Un mal día sus amigas de la colonia llegaron sorpresivamente, con una tristeza indescriptible, sollozando sin descanso, a decirles que habían matado a su hermano, amigo muy querido. Fue una tragedia mayor, su familia no encontraba consuelo y ella y su hermana los acompañaban en su pesar. En ese entonces ya era más claro para ella lo que significaba la muerte, no por ello la aceptaba, más bien tenía mil preguntas que nadie le contestaba satisfactoriamente. Solo sentía un dolor muy grande por la ausencia de su amigo, del hermano de sus amigas, del hijo de los papás de sus amigas y del amigo adorado de los amigos de la colonia.

Poco después, como consecuencia de la partida de su amigo, partió otro de ellos, también de manera trágica, el dolor se incrementó, la tristeza envolvió a aquel grupo de jóvenes del que ella formaba parte. Las dudas también se incrementaron y las ausencias definitivas en la vida consciente se fueron acumulando. Supo de la muerte de familiares, que, aunque lejanos, partían y no volvió a ver. Empezó a experimentar un miedo tenaz ante la posibilidad inevitable de que sus papás también se fueran, no le era posible tocar el tema sin sentir desconsuelo anticipado, al grado de evitar por todos los medios hablar o pensar en ello.

Conforme la vida fue pasando observó que la muerte era cada vez menos trágica para los adultos, mientras más grandes, parecía dolerles menos, o más bien dicho, no afectarles tanto. La observación vino a partir de que, esperando una reacción dramática de parte de sus abuelas, tíos y papás, ante la muerte de parientes o amigos muy queridos, eso no sucedía, la noticia era tomada con tranquilidad, sí tristeza, pero pasajera, había más aceptación, más paz interior en ellos al enfrentar la muerte.

A partir de la búsqueda de respuestas ante el echo ineludible y su propia experiencia al transcurrir los años, la forma en que apreciaba la partida de los seres queridos, fue cambiando. Aunque el extrañamiento no dejó de suceder y, tanto más cercanos, más añorados eran los que partían, le fue siendo claro que el dolor no es el mismo, la compresión, el conocimiento de experiencias después de esta vida, las vivencias mágicas y no tan mágicas con los seres que habían partido y el deseo de creer que de alguna manera ellos la acompañaban, le han permitido sentirse más conforme con la realidad que representa que alguien a quien amas no estará de la misma manera que estuvo.

También reflexionaba sobre las diferencias que hay en la forma en que los seres cercanos y queridos parten, las circunstancias que rodean al hecho de morir importan. No es lo mismo cuando muere alguien sorpresiva y trágicamente, que cuando ves paulatinamente disminuida la salud y calidad de vida de un ser apreciado. No es lo mismo que se vaya un joven para quien se auguraba un largo camino por recorrer, a un adulto mayor que vivió una vida llena de satisfacciones. En los primeros casos cuesta mucho aceptar la partida, en los segundos se da una suerte de preparación que permite algo de consuelo. El extrañamiento se vive diferente cuando hubo oportunidad de prevenir lo que vendría.

En cualquier caso, el duelo se vive tan intenso como la cercanía, la convivencia y el amor que te une con quien se va, ella lo sabía e incluso creaba maneras de vivirlo dejando fluir las emociones y sentimientos que le provocaban las diferentes ausencias en su vida. El duelo por la muerte de su papá lo vivió plasmando en lienzo el vuelo que ella imaginaba que aquel ser tan querido había emprendido hacia la libertad, después de la prisión que sus pensamientos vivieron varios años al no poder expresarlos con palabras, mismas que en otros tiempos fueron fructíferas acompañantes en su convivencia.

Ahora, ante el paso de los años, ella además cuenta con el recurso onírico que le permite vivir en otra frecuencia con sus seres más añorados, quienes la visitan, le traen mensajes, le dan respuestas, y hasta le hacen vivir escenas y aventuras que en vida parecían imposibles.

¿Será también que nos acercamos y por eso la muerte se aprecia diferente desde los años?

Jatzibe Castro

Febrero, 2022

Imágenes: Jatzibe Castro: Tristeza, acrílico sobre papel, 2013. / Huellas, acrílico sobre papel, 2013. Colección: Expresar, dialogar, honrar. https://jatzibe.com/

DESDE LOS AÑOS

TRISTEZA

A María Luisa

HUELLAS