Había una vez una niña que se encontraba en el lago de los sueños, ese al que entras con los ojos cerrados y el cuerpo horizontal, a veces de lado, boca arriba o como sea. Ese lago que nos transporta y nos transforma en lo que el ejercicio de la libertad del subconsciente permite, hace que volemos por las aguas, saltemos a los cielos, rodemos entre brumas, sintamos con los ojos y la mirada perdida en los recónditos secretos de la luz y la oscuridad; hace que encontremos figuras míticas que se convierten en seres, a veces conocidos desde la cara hasta el actuar, a veces sin sentido aparente para nuestra memoria selectiva que le hace caso a lo que estaba oculto, detrás de un gesto que nos hizo daño o un anhelo que se escapó en un suspiro.
Aquella niña, en ese lago, vio un colibrí que revoloteaba sobre flores rojas suaves y tersas como terciopelo, rodeadas por diminutas hojas verdes que se alegran al sentir el brillo del sol y, juntas, adornan el jardín de los amaneceres del caminar. El colibrí descubrió el mirarlo de la niña y se sorprendió de la profundidad de aquellos ojos, se convirtió en humo, atravesó la ventana que los separaba, y al encontrarse frente a ella volvió a ser colibrí, que no lo era, porque en realidad era su abuelo que seguido la visita por donde ande, aunque ella no se percate y más bien se pierda en el espacio que, al parecer es el verdadero, y la envuelve a diario.
En esa ocasión, la niña en el lago, acompañada de las rojas y las verdes, que miraba desde la ventana que atravesó el colibrí en forma de humo, al sentir su cercanía ya nuevamente convertido en colibrí, se dejó llevar por el amor que le profesaba su abuelo, al que, reconoció de inmediato y le contó sus temores, sus angustias, con la calma y la claridad que nunca pensó poder estando en el espacio verdadero, del que a veces huía y se dejaba llevar por el dormir, que se convertía en sueños llenos de colibrís y flores y hojas y su abuelo.
Cuando salió del lago, nuestra niña encontró que en la ventana estaba el colibrí, sorbiendo de las de terciopelo la sabia que le nutría y supo que era su abuelo que venía con ella a estar, convertido en humo a veces, en flor, en verde y en nubes, en sol y en agua de lluvia, y supo que no estaba sola, que estaba rodeada del todo que la abarca y acaricia haciéndola aún más ella, bella chiquilla alegre, bailadora y cantadora, que a veces se agüita y calla, con un callar que ahora es pensar y encontrarse de a deveras y encontrarse las maneras de la angustia despejar, de las ansias rebasar, del temor llenar de amor y a su ser dejar estar y a su ser decir YO SOY.
Jatzibe Castro
Imagen: pintura original de Jatzibe Castro
EL ABUELO COLIBRÍ

