Aliosha saltaba con sus amigos en medio de los escombros. Hacía cuatro días, el barrio donde vivían había sufrido un bombardeo que lo destruyó casi por completo. Los niños, ya acostumbrados a la guerra, escogían edificios derrumbados para jugar a las escondidas. Comenzó el juego y Aliosha se apresuró a buscar un lugar oscuro donde fuera imposible hallarlo. Pasados varios segundos, halló un sitio de su agrado y se quedó quieto; su corazón latía como caballo desbocado. Aliosha tapó nariz y boca para tratar de respirar en forma pausada. A pesar de que era uno de sus juegos favoritos, una sensación de susto lo incomodaba. De repente, observó una luz muy brillante que iluminó los alrededores. La curiosidad superó al miedo, el niño salió de su escondite y, paso a paso, se fue acercando. Se dio cuenta de que era un pedazo de lata rectangular no mayor de quince centímetros, que se encendía y apagaba en forma intermitente.

«Una simple lata, ¿por qué alumbra tanto?», se preguntó Aliosha. Entre curioso y asombrado, tomó el objeto en sus manos y salió corriendo a buscar a sus amigos.

Se reunieron en un sitio aislado y se dispusieron a jugar con la lata; observaron que el artefacto tenía movimiento propio y parecía seguirles el juego.

—¡Es inteligente! —gritó Aysel.
—¡Las latas no son inteligentes! —contestó Aliosha, con una mueca de burla.
—¿Pero, por qué corre tras nosotros? —insistió Aysel.
—A ver, Aysel, puede ser sólo un dron… nada del otro mundo —concluyó con displicencia.

Los niños continuaron jugando. Habían encontrado una razón para un rato de alegría y escapar de su cruda realidad.

De un momento a otro, la lata dejó de alumbrar y comenzó a crecer y a cambiar de forma. Aterrados, no podían quitar la mirada de esa cosa que iba cobrando vida: piernas y brazos muy largos sobresalían del tronco, bastante pequeño en comparación con las extremidades; cuello tipo jirafa y ojos oblicuos con mirada relampagueante.

El pánico se apoderó de Aliosha, al extremo de que no podía moverse. Se dio cuenta de que se encontraba solo: sus amigos habían huido despavoridos; lo habían abandonado a su suerte. «Definitivamente, es un ser de otro mundo: no tiene boca ni nariz; sólo ojos que disparan luces de muchos colores», pensó Aliosha mientras trataba de escapar, pero sus piernas no le respondieron. En forma vertiginosa, un cúmulo de pensamientos lo atropelló. Perdió su capacidad de coordinar.

Pensó en sus padres, que con seguridad debían estarlo buscando, y en sus hermanos mayores, quienes le habían prohibido jugar en medio de los escombros. También pensó en sus amigos, que quizás habían tenido mejor suerte y, ojalá, hubieran escapado.

El ser lo miró fijamente y disparó una poderosa luz que invadió todo su cuerpo. Con pavor, Aliosha observó que sus pies y luego las piernas desaparecieron. «¡Me estoy desintegrando!», trató de gritar, pero cayó en la cuenta de que sólo su mente y sus pensamientos estaban intactos. Sus brazos, su cabello ensortijado y su rostro de niño asiático se habían esfumado.

Zunny Eljach
Escritora en la Ciudad de la Luna

ALIOSHA Y LA LATA PRODIGIOSA