Pedrito corría de forma desesperada. Sentía que las piedras chocaban con su cuerpo y, aunque los insultos y burlas se habían vuelto costumbre, no por eso dejaban de martirizarlo y eran parte de la energía que lo impulsaba a continuar su carrera. Solo se detuvo hasta cuando llegó a casa, el único lugar donde se sentía seguro.

A pesar de su corta edad, era un niño triste. Su madre había fallecido hacía poco. Los otros chiquillos se burlaban de su orfandad y timidez. El rechazo que sentía hacía imposible la comunicación con ellos. Vivía de la caridad de alguna gente buena y comprensiva.

En el camino, veía los árboles que se mecían con el viento y escuchaba pájaros de extrañas especies, cuyos gorjeos mitigaban la tristeza y la soledad.

Llegó por fin a su vivienda, hecha de latas y cartones. El cuerpo enjuto, propio de un niño malnutrido de ocho años, se acurrucó en el piso de tierra. El rostro de tez blanca lucía con mucha palidez. Los brazos delgados abrazaron el retrato de su madre. Para él, ese acto era sublime, ya que la energía de ella no le permitía sentirse tan desamparado. Se quedó dormido en forma profunda. A los pocos minutos, despertó sobresaltado: la foto había caído al piso y, con asombro, observó que los ojos de ella cobraron vida y lo miraron con inmenso amor, al tiempo que los labios se entreabrieron y, con mucha dificultad, balbucearon algunas palabras, que el niño no entendió; pero, aun así, lo invadió una gran emoción. Se incorporó y vio a su madre sentada frente a él, con el vestido azul que lucía los días de fiesta, con la larga cabellera que caía sobre los hombros y el rostro sonriente que a Pedrito le encantaba. Ella se levantó, estiró el brazo derecho y tomó al niño de la mano para llevarlo hacia la puerta. Pedrito estaba desconcertado, pero muy feliz de volver a sentir el contacto de su madre, quien, sin pronunciar palabras, le dio un pequeño toque en la espalda.

El niño, sin saber cómo, se encontró en un bosque colmado de árboles milenarios de 35 metros de altura, los cuales se comunicaban entre ellos por medio de las raíces que sobresalían y se entrelazaban unas con otras. La presencia del pequeño los llenó de euforia y lo saludaron doblando las ramas a su paso. La espesa neblina no lograba esconder las luces de cientos de luciérnagas de brillantes colores, que iluminaban figuras fantasmales de avestruces, jirafas y cocodrilos desaparecidos, que danzaban cerca de él. Los pies de Pedrito se hundían en el suelo húmedo y cubierto de hojas. Posados en piedras enormes que guardaban secretos de épocas pasadas, dos parejas de tigres y leones, al ver al niño, ocultaron su espíritu salvaje y emitieron rugidos de bienvenida. Un sentimiento de incredulidad lo embargó. El pequeño decidió caminar un poco y sumergirse en un arroyuelo de aguas cristalinas, en donde cientos de peces, con largas melenas y rostros humanos, salieron a su encuentro. El niño comenzó a jugar con ellos; pero, pasado un tiempo, decidió volver al camino. No sabía hacia donde se dirigía; sin embargo, no se había sentido tan feliz desde la última vez que jugó con su madre. Escuchó a lo lejos un silbido, que cada vez se hacía más agudo. Los oídos comenzaron a dolerle y cayó desmayado.

Despertó en una cueva atado de pies y manos. No tenía idea de quién lo había llevado hasta allí. Gritó en forma desesperada; comenzó a llorar y se dio cuenta de que estaba solo en la cueva y de que nadie vendría en su ayuda. Miró alrededor y lo que vio, lo aterró. Calaveras y huesos pequeños estaban amontonados en el piso. Cayó en la cuenta de que eran los restos de niños; un pensamiento sombrío lo estremeció: si no escapaba, podría ser el próximo. Comenzó a restregar las ataduras de las manos contra las rocas. Pasadas algunas horas, escuchó un rugido similar al de un animal: pasos muy fuertes se acercaban; el miedo a lo desconocido lo impulsó a tratar de desatarse; lo hizo con tanta desesperación y empeño, que pasados varios segundos lo logró. Corrió buscando la salida y, en ese instante, escuchó el mismo silbido que lo había hecho desmayarse. Se detuvo en forma abrupta. Allí, frente a él, estaba el monstruo que lo había secuestrado: un gigante de tres metros de altura, con dos cabezas que botaban ráfagas de fuego por la boca. Cerró los ojos, esperando lo peor...

…Cuando todo parecía perdido, cesaron los silbidos. El niño, al notar el silencio, abrió los ojos y observó que el monstruo estaba paralizado; pensó que las bocanadas de fuego ya no lo podían alcanzar y corrió hacia la salida. A su encuentro, llegó un grupo de mariposas que comenzaron a revolotear cerca de él y que, poco a poco, se transformaron en hadas diminutas, con alas de color blanco, vestidas con telas vaporosas que emitían sonidos agradables y tranquilizantes. Sus manos conservaban restos del polvo mágico que habían utilizado para inmovilizar al gigante. Ellas le manifestaron el deseo de liberarlo y llevarlo a sitio seguro. Le dijeron que el monstruo de dos cabezas era Melquitar, un genio del mal que llevaba a los niños a esa cueva para devorarlos.

Fue entonces cuando lo convirtieron en mariposa y levantaron el vuelo. Sobrevolaron el bosque. Pedrito se sentía libre; todo el sufrimiento había quedado atrás. La sensación de volar le producía un sentimiento nuevo, indescriptible: veía montañas con figuras caprichosas, volaba bordeando los árboles y pasaba por encima de cascadas. Él y sus nuevas amigas se detenían en cada flor y batían sus pequeñas alas. Así continuaron el camino hasta llegar al destino final, la casa de las hadas.

Pedrito recobró la forma corporal y quedó extasiado al ver una casita incrustada dentro del tronco de un árbol milenario, las paredes cubiertas de piedras preciosas, un techo en forma de sombrero cubierto de flores con ventanas de variados colores y una puerta tan verde como el bosque. Un grupo de gnomos lo recibió con cánticos y bailes de bienvenida.

Después de la celebración, cayó la noche y, sin poder dormir, el niño salió a contemplar el cielo. Recordó a su madre cuando salían a contar estrellas. De pronto, escuchó un aleteo extraño; quedó atónito: allí estaba ella con un par de alas transparentes y brillantes que le permitían volar sin dificultad. Le encantó su larga cabellera adornada con diminutas flores y los ojos de azul intenso que se habían transformado en un par de luceros. Tenía un vestido blanco vaporoso, ajustado al cuerpo en la parte superior y con muchos pliegues en la parte inferior. Los dos se fundieron en un estrecho abrazo que parecía no tener fin. Luego, ella, con delicadeza, lo colocó sobre su espalda y lo llevó a conocer el firmamento.

Las estrellas resplandecientes titilaban al verlos pasar; se encontraron con un cometa y los dos quedaron envueltos en su cola de luz blanca; ascendieron al infinito y Pedrito decidió quedarse con su madre, convirtiéndose en la estrella más brillante de la galaxia.

Zunny Eljach es escritora en la Ciudad de la Luna.
Ilustraciones: ar.inspiredpencil.com / Pinterest

UNA NUEVA ESTRELLA

"Todo aquello que tras su pérdida no pudo destruirnos,
acaba tarde o temprano convertido en alegría”

Manuel Vilas Vidalaquí...