El carro se detuvo en frente de la casa que íbamos a habitar junto a nuestros hijos por tres años; tiempo que le habían designado a mi esposo para dirigir un proyecto en New Jersey (Estados Unidos).
Nos bajamos del auto y nos detuvimos para contemplar el milagro que nos tenía deparado la primavera. Árboles de cerezos en flor de color rosa pálido servían de corredor de entrada para llegar a la casa. En frente había un jardín de tulipanes blancos, rojos y amarillos, simbolizando los colores del amor, atención y apego.
Una casa de arquitectura victoriana se presentó ante nuestros ojos. Abrimos con la llave que nos suministró la administradora de la inmobiliaria.
Desde que entramos, un entorno nostálgico nos rodeó. Sentimos la presencia de los dueños dispuestos a mostrarnos su morada; habían fallecido dos meses antes y la casa se encontraba en el estado en que la habían dejado.
Un largo pasillo nos llevó a la sala, cuya amplitud permitía la colocación de dos sofás de seis puestos cada uno; estaban forrados en tela de pana color café. Butacas de color beige y un puf de color negro completaban el juego con dos lámparas de pie con vitrales multicolores. Una mesa de centro con adornos de otros países nos indicaba que sus antiguos dueños habían compartido con personas de culturas diferentes.
El comedor estaba compuesto por una mesa hecha en cedro con dieciocho puestos. Una lámpara de cristal de baccarat impactaba el ambiente. Al entrar allí, escuchamos murmullos, voces, carcajadas, e imaginamos una danza de meseros elegantes llevando bandejas con platos de comida gourmet para el deleite de los invitados.
Una escalera ancha con escalones entapetados nos llevó a las habitaciones. Nos asomamos a cada una de ellas con curiosidad y respeto. Sabíamos que el cuarto principal había pertenecido a una pareja, la cual llegó a la ancianidad sin olvidar que habían sido jóvenes, amantes de la vida y de la aventura; seres que habían sido privilegiados por una gran fortuna, pero por la generosidad y nobleza de sentimientos, se habían convertido en reconocidos filántropos.
Al terminar de revisar las habitaciones y cerciorarnos de que eran las indicadas para nuestra familia seguimos subiendo las escaleras hasta llegar a la buhardilla. La puerta estaba entreabierta. Al entrar sentimos que alguien nos daba la bienvenida, alguien que deseaba que conociéramos el alma de la casa, los objetos que habían representado su estilo de vida y otros que simbolizaban el amor que se profesaron los ancianos. De repente nos invadió una profunda tristeza, como si ese alguien nos guiara. Dirigimos la mirada a un baúl…estaba sin candado, como si nos estuviera esperando. Lo abrimos y encontramos una caja llena de cartas escritas de puño y letra por los dueños a su única hija, quien vivía en California, suplicándole que los visitara, ya que ambos se sentían muy enfermos y temían no verla antes de fallecer. Cerramos el baúl con el alma adolorida.
Seguimos recorriendo la buhardilla y encontramos abrigos de visón que con seguridad fueron lucidos en elegantes eventos, tal vez en el teatro de la Ópera de Nueva York; vajillas con platos en cuyos bordes sobresalían hilos de oro; lámparas traídas de la China para hacer parte de la decoración; joyas, ropa fina, en fin, todos los objetos personales que, en ausencia de la hija, la inmobiliaria decidió guardar allí.
Toda una vida de lujos, vanidades, apariencia, quedó reducida a una buhardilla.
Mi esposo y yo nos sentamos en unas sillas Luis XV que hacían parte del inventario, observando con tristeza tantos objetos acumulados durante toda la vida. Esa pareja de ancianos hubiese podido donar toda su fortuna a cambio de no morir solos y abandonados por su hija.
Cerramos la puerta del ático, dando por terminado un ciclo de vida para iniciar el nuestro con entusiasmo y confianza en el futuro.
Zunny Eljach es escritora en la Ciudad de la Luna.
Ilustración # 1: Foto Casa Estilo Victoriano Montclair, New Jersey
LA CASA

