El sonido producido por el golpeteo de las gotas de lluvia contra el vidrio de la ventana despertó a la abuela. Casi de inmediato, escuchó el gorgoreo que Sebastián, su nieto, entonaba todas las mañanas. Aguzó el oído y se percató de que el bebé había comenzado a balbucear sus primeras palabras. Ese día cumplía ocho meses de nacido.
El frío bogotano a las siete de la mañana, incrementado por la lluvia que caía a torrentes, era intenso. En ese momento añoró las semanas de verano, de días soleados, en los que llevaba el bebé a la terraza y, acostándolo en una colchoneta, le hacía ejercicios para fortalecer sus músculos; luego lo sumergía en una bañera, en donde le permitía chapotear con el agua . Ambos disfrutaban de hermosos momentos.
Se levantó con dificultad. Después de tomar un baño caliente, inició la rutina de todos los días. Se dirigió al cuarto del niño, abrió la puerta y lo encontró bañado y arreglado por su madre, quien ya se había ido a trabajar. Apenas la vio, el bebé se paró en la cuna y con fuerza movió las barandas. Con su media lengua, sus gestos y su sonrisa se hizo entender y le pidió que lo sacara de su encierro. Ella lo complació y con todo el amor que sentía por él lo alzó para llevárselo a su abuelo.
Hacía mucho tiempo que los abuelos no vivían la experiencia de tener un bebé en casa. El nacimiento de Sebastián había logrado envolver a la familia en una atmósfera de alegría, aprendizaje y cambios en la cotidianidad. Su madre se había separado del esposo poco después del nacimiento y se había visto en la necesidad de trabajar y buscar el apoyo de sus padres. Para el abuelo, la mayor compensación, después de una semana ardua de trabajo, era jugar con su único nieto. Le hacía muecas graciosas y se revolcaba con él en la cama para hacerlo reír. Las carcajadas infantiles impregnaban el hogar de un aire festivo y renovador.
Por ser fin de semana, los tres hijos menores y solteros estaban en casa. La abuela se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, pero cuando entró, la hija menor lo tenía listo: la jarra de chocolate humeaba, las arepas estaban asadas y los huevos, que en la familia eran infaltables, se habían convertido en una exquisita tortilla. Un delicioso aroma impregnó el apartamento, se metió en los cuartos e hizo que todos despertaran y acudieran a desayunar, incluyendo a Sebastián, quien, sentado en su silla, los miraba con curiosidad y algarabía. Todo estaba tranquilo, aunque la lluvia no había cesado.
Terminaron de desayunar. Los abuelos comenzaron los preparativos para ir a la plaza de mercado. Por ser una familia grande, esa labor quincenal era casi un ritual: se embarcaban en la camioneta para hacer un largo recorrido desde Chía; había que atravesar Bogotá hasta la Plaza de Paloquemao; comenzaba el regateo con los campesinos, la cargada por toda la plaza de pesadas bolsas y, finalmente, el regreso a casa para lavar y organizar el mercado. Pero ese sábado todo cambió. Mientras todos se alistaban para viajar a Bogotá, el tío mayor llevó al bebé a la sala de estar del segundo piso. Minutos después, escucharon un golpe seco, acompañado de gritos de dolor. Corrieron para averiguar lo que estaba pasando. Estupefactos, se dieron cuenta de que Sebastián había rodado por las escaleras y yacía tendido con un hematoma en la cabeza. A partir de ese momento, el caos se apoderó de todos.
Consciente de que el descuido que había tenido con Sebastián podría ocasionarle un daño grave, el tío parecía una estatua de sal, con el rostro revestido de una palidez de moribundo. La abuela recogió al niño del piso y, con las habilidades adquiridas durante la crianza de los hijos, trató de calmarlo. Pidió que trajeran hielo para bajar la hinchazón del hematoma. Se acordó de que había que buscar los papeles del seguro y le entregó el niño a su tía. Cuídalo mientras nos organizamos para llevarlo a la clínica, le dijo. Entró al cuarto de Sebastián y con manos temblorosas buscó en la gaveta de su cómoda; no estaba segura en dónde la madre del bebé guardaba los papeles. Mientras los buscaba, se acordó de que había que organizar la pañalera y estar preparados en caso de que hubiera que hospitalizarlo.
El abuelo buscaba las llaves del carro; sus nervios lo traicionaban. El niño no dejaba de llorar. Había que actuar rápido, pero ¿dónde diablos están esas llaves? Escuchó la voz de la abuela solicitándole que se apresurara. ¡Sebastián estaba convulsionando! ¡Por favor, no dejen dormir al niño, es peligroso! ¡Llamen a la mamá!
Por fin, aparecieron las llaves. Salieron en forma atropellada del apartamento. Tenían que llevarlo a la clínica más cercana. Corrieron hacia el ascensor, pero se dieron cuenta de que no servía. Gritaron que había que bajar las escaleras. Estaban en el quinto piso. Como locos, corrieron escaleras abajo. Llegaron al estacionamiento. Cual manada de potros salvajes, atropellándose unos a otros, entraron al carro. El abuelo prendió el motor. Miró hacia atrás para cerciorarse de que tuvieran ajustado el cinturón de seguridad. Con ojos desorbitados y sin poder creer lo que estaba viendo, gritó: ¿Dónde carajos dejaron al niño?
Zunny Eljach
Imágenes: Gemini
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